Mostrando entradas con la etiqueta Joselito el Gallo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Joselito el Gallo. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de mayo de 2026

JOSELITO SE EMPEÑÓ EN MORIR EN TALAVERA.

 


JOSELITO SE EMPEÑÓ EN MORIR EN TALAVERA



Autor: Gregorio Corrochano
Publicado en ABC el 17 de mayo de 1920.

 

El toro le cogió de lleno, le enganchó por el muslo derecho, y en el aire le dio una cornada seca y certera en el bajo vientre. Cayó José mortalmente herido, se contrajo, y el toro le derrotó en el suelo, pero no le recogió.

 

Todo lo que ocurre me parece una pesadilla. Lo he visto y no lo creo. Me cuesta un esfuerzo terrible escribir: a Joselito le ha matado un toro. Pero así es, así ha ocurrido: a Joselito le ha matado un toro en Talavera de la Reina. Estoy bajo la terrible impresión de la tragedia. No quisiera ser el cronista a quien la fatalidad le reservó esta narración. Estoy entristecido y sin embargo tengo que escribir. Escribiré; sería mi sino, como el del pobre Joselito sería el de venir a morir aquí. Lo que más me preocupa, lo que me obsesiona es lo que hay de fatalidad en todo esto. Joselito, desde que supo que se organizaba una corrida en Talavera, no pensó más que en torearla. La empresa no quiso traerle, porque esta plaza, de poca cabida, no admite presupuestos caros. Un íntimo amigo suyo tomó el negocio a base de Joselito, y quedó Joselito contratado en Talavera. Entonces surgieron más dificultades. La empresa de Madrid le reclamaba para este día; llegó hasta intervenir la Dirección de Seguridad, y anunció que no dejaría salir de Madrid a Joselito. Este se obstinó en venir; ofreció nuevas fechas, buscó combinaciones, dio toda clase de facilidades para el nuevo abono, a cambio del favor de que le dejaran venir a Talavera. Y vino, y murió casi en el ruedo, pues entró en la enfermería con un colapso, del que no volvió.

Le mató el toro quinto; se llamaba Bailador, era negro, tenía cinco años, era muy chico, muy corto de pitones y sólo pesaba 260 kilos; pertenecía a la ganadería de la viuda de Ortega, una cruza de Veragua y Santa Coloma.

La corrida se deslizaba alegra y animosa. Había un lleno imponente. Se le recibió a Gallito como reciben estos pueblos, con entusiasmo y gratitud; como se recibe al artista que les hace el favor de ofrendarles su arte; dándose perfecta cuenta de su papel de favorecidos. Gallito brindo animoso, y aún recuerdo el brindis, que fue una evocación: “Brindo por el presidente, por su distinguido acompañamiento y por el pueblo de Talavera, adonde tenía muchas ganas de torear, porque esta plaza la inauguró mi padre, por, cuya memoria brindo también”.

Un toro burriciego

Salió el quinto toro, tan certero como suelen ser todos los toros cornicortos, y sin recargar, sin llegar apenas a los caballos, pues fue el menos bravo, mató tantos como varas tomó. Joselito me indicó con el gesto que el toro no le gustaba; yo le contesté que a mí tampoco me agradaba. Uno de tantos comentarios mudos como Joselito y yo hacíamos en las corridas. Más tarde le indiqué que el toro era burriciego; él me dijo que había perdido la vista el toro en los caballos. Y salió a matar. El toro se defendía y estaba bronco. José medio lo dominó con la muleta, y el toro se fue a tablas, cerca de mi barrera del 1. Oí perfectamente que le dijo al Cuco dos veces: “Quítate, Enrique, que está el toro contigo, y por eso no toma la muleta”. El Cuco se cambió de lugar, Joselito lo sacaba con pases de tirón, muy trabajosamente, pues el toro apenas le embestía.

José, que estaba muy cerca, dándole con la muleta en la cara, se retiró, y entonces el toro, acaso porque le viera mejor por el defecto de la vista ya apuntado, se le arrancó fuerte y pronto, inesperadamente, en un momento en que el torero no hacía nada, sino que se disponía a hacer. A José, a quien indudablemente sorprendió el toro, no le dio tiempo de nada, ni de darle salida ni quitarse de allí, a pesar de sus facultades. No hizo más que adelantarle la muleta para taparle y parar el golpe. El toro le cogió de lleno, le engancho por el muslo derecho, y en el aire le dio una cornada seca y certera en el bajo vientre, como las que había dado a los caballos. Cayó José mortalmente herido, se contrajo, y el toro le derrotó en el suelo, pero no le recogió.

Cuando le incorporaron me miró con cara de angustia, y me señaló con la mano la ingle al mismo tiempo que se recogí los intestinos, que le asomaban. Al Cuco, que le llevaba a la enfermería, le dijo: “A Mascarell, que avisen a Mascarell”. Y ya no habló más; le dio el colapso. Sus íntimos amigos Leandro Villar y Darío López salieron, sin perder un minuto, para Madrid en busca de los doctores Mascarell y Goyanes. Todo inútil. Apenas recorrerían unos minutos, ya su pobre amigo no tenía necesidad de la ciencia que iban a buscar. A Sánchez Megías le ocultaron la gravedad, y lidio el sexto toro, vengativo, descompuesto, haciendo tantas y tan temerarias cosas, que ya temíamos por el segundo percance.

Mientras tanto, en la enfermería los médicos Sanguino, Ortega, Muñoz, Luque, Pajares, y no sé si alguno más, cuidaban de reaccionarle con suero, cafeína, alcanfor…; nada, todo inútil porque el pobre torero no reaccionaba. Sólo hubo un momento de esperanza, en que movió los brazos, para caer nuevamente en el sopor, y cuando su cuñado, Sánchez Megías, muerto el último toro, entraba corriendo en la enfermería, ya alarmado por el rumor de la plaza y el ir y venir de la gente por el callejón, expiraba Joselito.

Yo lo he visto muerto, le he visto y no lo creo. He visto cómo le quitaban del cuello un retrato de su madre y una medalla de la Virgen de la Esperanza, deformada por un toro en San Sebastián. Me parecía dormido. No puedo creer que muriera quien unos minutos antes era la alegría de esta plaza. Me parece mentira que haya muerto quien llegó hace unas horas conmigo, y al montar en la estación en un coche, como esos que van en Madrid con bodas a la Bombilla, empezó a cantar alegremente, y fue hasta el hotel gritando como un chico: “Viva la novia”.

Me parece mentira, pero es la realidad, la trágica realidad; a Joselito le ha matado un toro, y yo tengo que contarlo, que es otra dolorosa realidad. Porque lo terrible no es que a un torero lo mate un toro, sino la manera, la forma, las circunstancias de este caso concreto. Con Joselito no ha muerto solamente un torero, sino la figura representativa del toreo, y quién sabe si la fiesta misma.

Sánchez Megías, mató al toro y quedó la lidia interrumpida. La impresión en el público fue terrible; ya nadie vio el otro toro, que si se lidio fue porque Sánchez Megías, que ignoraba entonces, como todos, la gravedad del percance, le dijo al presidente: “Venga el otro toro, para acabar cuanto antes”. Cuando al terminar la corrida el público se dio cuenta de lo que ocurría permaneció largo rato en la plaza sin saber qué partido tomar, hasta que, advertido por los empleados y la Guardia civil, salió silencioso de la plaza. Las mujeres lloraban; los hombres no ocultaban su emoción. La mayor parte de las señoras que paseaban por el Prado, al enterarse por los espectadores que salían de la plaza, suspendieron el paseo. El alcalde, Sr. Rivera, dispuso que cesaran todos aquellos festejos que organizó el Ayuntamiento, como los conciertos populares. El gobernador de Toledo tomó el acuerdo acertadísimo de que el telégrafo funcionara toda la noche, sin la limitación ordinaria, para que se pudiera estar en comunicación con la familia del diestro.


Noche en la enfermería

                Sánchez Megías se fue a la enfermería en cuanto terminó la corrida, y al ver que Joselito se moría en aquel momento sufrió una impresión terrible. A pesar, de la fortaleza de ánimo de Ignacio, tuvimos que auxiliarle, un auxilio que nos cambiábamos mutuamente, un auxilio, fingido para fortalecernos, pues todos necesitábamos de él. Y llegó la noche, una noche tristísima, angustiosa, que pasamos en la enfermería mirando a Joselito, alumbrados por unas velas que proyectaban sombras siniestras, que se movían.

                Las cuadrillas, aquellos hombres fuertes y hercúleos hechos a la brega con los toros y a las emociones trágicas, lloraban como niños. Sánchez Megías no tenía consuelo, y repetía incesantemente: “¡Qué fatalidad, qué fatalidad!”. El silencio, cuando no lo rompía una queja, lo cortaba un comentario o una anécdota del gran torero. Como lloviera durante el viaje, le animo al empresario, diciéndole: “No te apures, Leandro, que para que se suspenda tiene que caer el diluvio. Desde que me he enterado de que mi padre inauguró esa plaza, soy capaz de pagar lo que me pidan por torear en ella”. Entonces nos relató una corrida en Quintanar, en la que mató un toro que no se había picado con el agua hasta media pierna, citando con el capote al brazo en vez de la muleta. Y entre los recuerdos y las quejas y el llanto, y las lamentaciones, se nos hizo medianoche.

                A las dos de la madrugada llegó Rafael “el Gallo” en el automóvil de Isidoro F. de Mora. Este señor se hallaba ayer en el Casino de Madrid y se enteró de que Rafael pedía un automóvil para ir a ver a su hermano, que había sido herido en Talavera. Se ofreció el Sr. Mora, y fueron los dos en busca de un médico. El médico ya sabía el final desgraciado, y excusó su asistencia.

                Rafael partió muy alarmado, pues la negativa del médico, cuya causa le ocultaron, le hizo sospechar. Momentos antes de llegar, el Sr. Mora se lo dijo. Rafael entonces se negó a entrar en la enfermería, muy excitado por una especie de terror supersticioso del terror a los muertos. Rafael regresó a Madrid al amanecer. Dijo que por ahora no volvía a torear.

                Desde las dos empezaron redactores y fotógrafos de todos o casi todos los periódicos. Yo les referí punto por punto del percance como relatado queda. La corrida salió difícil, la corrida salió bronca, la corrida tuvo mucho poder, a pesar de ser chicos los toros. Eso fue todo. Una desgracia, nada más que una desgracia.

 

Portada de ABC dedicada a Bailador, el toro que mató a Joselito.

----------------------------------

Anteriormente se ha copiado al pie de la letra y guardando la mayor similitud con lo publicado en el periodico ABC de 17 de mayo de 1920, acerca de la descripción exacta realizada por el periodista don Gregorio Corrochano, donde nos hace llegar con todo detalle, cómo se produjo la cogida y muerte del torero sevillano José Gómez Ortega "Joselito".

lunes, 19 de diciembre de 2016

CASTA GALLARDO: ENCASTE PABLO-ROMERO. El Toro Guapo


La raíz de la Casta Gallardo hay que encontrarla en la actividad conventual de algunas órdenes fraileras andaluzas. Los monjes de estas órdenes religiosas, principalmente cartujos y dominicos, tuvieron siempre una meta, el alcanzar la mayor productividad en sus explotaciones ganaderas de bravo, caballar y destinado a la producción de carne, con un único fin, hacer el bien entre los demás, obteniendo beneficios mientras más cuantiosos mejor, para poder sostener las instituciones hospitalarias, educativas y asistenciales que habían puesto en marcha, y sobre todo, hacer frente a las obras caritativas que todos los días ofrecían.

Son los dominicos sevillanos del Convento de San Jacinto, quienes desde principios del siglo XVII, van creando el germen de esta casta de toros bravos, mediante la mezcla de una amalgama de sangres provenientes del pago del diezmo, que los ganaderos de la zona hacían llegar todos los años a la Iglesia. Por cada diez cabezas de ganado que nacieran, el ganadero estaba obligado a donar una, para así cumplir con lo establecido en el antiguo testamento (Libro de Deuteronomio 14.23). 

Don Marcelino Bernaldo de Quirós y Gallé, sacerdote de origen navarro que ejerció como presbítero en Rota (Cádiz), llevado por su gran afición, vino en peregrinación durante casi seis meses, desde sus tierras de origen, trayendo consigo un hato importante de reses de casta navarra, estableciéndolas en fincas aledañas a la ciudad donde ejercía su ministerio. Aprovechando su relación eclesial y su instinto ganadero, hacía 1762 entró en relación con los frailes dominicos sevillanos de San Jacinto, logrando comprar a éstos un lote de vacas y dos sementales, comenzando a cruzar las compradas, con las que trajo de su tierra. Al resultar un éxito el nuevo encaste, hace que Bernaldo de Quirós, elimine el ganado que había venido con él desde Navarra, dejando las que habían resultado del cruce con las fraileras.

Una vez la vacada es afianzada, vende un lote a otro sacerdote de Rota, don Francisco Trapero, quien cruza lo comprado con ganado de Vistahermosa.

Treinta años después, en 1792, Bernaldo de Quirós vende la ganadería formada a don Francisco Gallardo y sus hermanos, quienes trasladan la vacada a El Puerto de Santa María, eliminando, posiblemente, los últimos reductos de casta navarra que en ella pudieran permanecer.

Los Hermanos Gallardo, consiguen fijar mediante una depurada selección los caracteres genuinos de este tipo de reses, osea, consiguen reses finas, de trapío y corpulentas, muy parecidos a los miuras, con predominio de pintas negras, berrendas y castañas. Bravas durante la lidia y teniendo fama de conservar su poderío y fiereza hasta el último tercio, mostrándose poderosas y muy agresivas en el primer tercio por lo que eran preferidas por los aficionados de aquella época. Aquí nace el origen de la Casta Gallardo.

Nos consta que en 1808 fueron lidiados toros a nombre de don Francisco y don Rafael Gallardo en la plaza de El Puerto de Santa María. Cossío en su ínclita enciclopedia, considera como estreno en solitario en Madrid de don Francisco Gallardo, el 22 de julio de 1816, con divida dorada y blanca, en un día que se lidiaron 14 toros en la Corte en función de mañana y tarde, en la que además de 3 toros del referido Gallardo, se corrieron 3 de don Bernabé del Águila y Bolaños, 3 de don Juan Díaz Hidalgo, 3 de don Manuel Bañuelos y 2 de don Ventura de la Peña. Siendo lidiados por Jerónimo José Cándido, Francisco Herrera “Curro Guillén” y Antonio Ruíz “El Sombrerero”, siendo matados los dos últimos por el entonces todavía meritorio Francisco Hernández “El Bolero”.

Fallece en 1817 don Francisco Gallardo y sus herederos, no sintiéndose capacitados para continuar con la ardua labor de criar reses para la lidia, deciden vender la ganadería en tres lotes, aunque muy posiblemente se reservaran alguna parte de la misma, pues en 1830 fueron lidiados en el Puerto de Santa María, con divida verde, a nombre de Herederos de Gallardo.

De los tres lotes en que se dividió y vendió la Ganadería de Gallardo, el primero, fue adquirido en el año 1817 por el farmacéutico de El Puerto de Santa María don Gaspar Montero, quien lidio con divida dorada y blanca. Don Gaspar Montero se estrenó en Madrid, lidiando dos toros gallardos el 28 de septiembre de 1829, en una corrida de tarde en la que con otros dos toros de don Vicente José Vázquez y dos de “El Barbero de Utrera”, alternaron los diestros sevillanos Juan León “Leoncillo”, Miguel Parra y el media espada Antonio Calzadilla. La corrida fue buena, saliendo contentos los espectadores, aun cuando el último toro debió ser desjarretado, porque se hizo de noche.

Una pequeña parte de esta ganadería fue vendida a don Pedro Moreno Rodríguez de Arcos de la Frontera. La mayor parte de la vacada la vende don Gaspar Montero a don Antonio Gil Herrera, vecino de La Rinconada y miembro de una familia de tradición ganadera conocidos por “Los Giles”. Fue éste Gil Herrera, quien once días antes de su muerte, el 15 de mayo de 1842 vendió a don Juan Miura, tatarabuelo de los actuales propietarios de la ganadería y creador del encaste Miura, unas 220 vacas de vientre, a las que siete años más tarde añadió la vacada de don José Luis Albareda, procedente también de don Francisco Gallardo, integrada por doscientas vacas y ciento sesenta y ocho machos de diversas edades.

El segundo lote de la Ganadería de Gallardo, lo venden los herederos de don Francisco, a don Andrés Jiménez del pueblo de Bornos, quien tras un breve periodo de tiempo, lo vuelve a vender a don Domingo Varela, ganadero de Medina Sidonia, que suministraba carnes al mercado de Cádiz. Este ganadero tras varios cruces fallidos, lo deja extinguir y el resto lo manda al matadero.

El tercer lote y el más importante, pues contaba con más de 300 cabezas, es comprado en 1818 por los vecinos de El Puerto de Santa María, don José Luis Albareda y don Pedro Echeverrigaray, quienes al extinguir la sociedad que mantenían al fallecimiento de éste último, la dividen en dos partes. La correspondiente a Albareda, es la que compra don Juan Miura, como se ha referido anteriormente; y la otra, la que correspondió a los herederos de Echeverrigaray, es la que llegará a manos de Pablo Romero en 1885, tras pasar por manos de siete ganaderos intermedios y sufrir varios cruces, principalmente con sangre vazqueña.

La testamentaria de Echeverrigaray, vendió en primer lugar y en 1842, a don Antonio Sánchez del Bazo vecino de El Puerto de Santa María, quien se presentó por primera vez en Madrid el domingo 27 de septiembre de 1846, con divisa dorada y blanca. 

En 1846, esta ganadería es comprada por el también portuense don Miguel Martínez de Azpillaga, quien se presenta en Madrid el 10 de octubre de 1853 con divisa encarnada y celeste. 

En 1860, Martínez de Azpillaga, vende la vacada a la Señora Viuda de don Manuel Larraz e hijos, quienes hacen su presentación en Madrid el domingo 4 de mayo de 1862, siendo presentados estos toros en el cartel anunciador “como hermanos de sangre de los de la Viuda de Miura (don Juan Miura había ya fallecido)”. Tras la muerte de la Viuda de Larraz y estar la vacada un breve espacio de tiempo en manos de su hijo don Ramón, que poseía otro ganado de origen vazqueño, en 1864, adquiere esta ganadería don Lorenzo Fernández de Villavicencio y del Corral, IV Duque de San Lorenzo de Valhermoso, un jerezano nacido en Génova. 

Don Lorenzo Fernández de Villavicencio, se hace ganadero en 1864 con esta adquisición, comenzando una ardua selección teniendo en cuenta las notas y datos recibidos de los anteriores ganaderos. En 1866, cruza las vacas de mejor nota, con dos sementales comprados al jerezano don Juan López Cordero procedentes de don Joaquín Jaime Barrero de raíz Vistahermosa oriundos de Hidalgo Barquero. En 1874 una epidemia en el ganado vacuno, provocó una gran mortandad en esta ganadería, que obligó al Duque a rehacerla comprando reses de origen cabrereño. Las muchas ocupaciones de don Lorenzo Fernández de Villavicencio, obligaron a éste a ir deshaciéndose de la vacada, sin esperar a ver los resultados de la nueva compra.

En 1874 fue don Rafael Laffitte y Castro, vecino de Sevilla, quien adquiere 73 vacas al IV Duque de San Lorenzo y las unirá a las que ya tenía con anterioridad, por compra en 1869 de la ganadería del cordobés don Rafael José Barbero y Blancas, cruce sangre jijona con cabrera.

Así mismo don Rafael Laffitte y Castro en 1874 compra también a don José Bermúdez Reina, 200 machos de su ganadería, el cual poseía ganado de origen vazqueño puro adquirido a los hijos de don José María Benjumea en 1868, cruzado con un lote de vacas adquirido en 1870 al Duque de San Lorenzo de Valhermoso.

Es de esta forma como don Rafael Laffitte y Castro, logra reunir en su ganadería sangre vazqueña, gallarda, navarra, jijona y cabrera, o lo que es lo mismo, algo único en el toro de lidia.

Don Rafael Laffitte y Castro se presenta en Madrid el 17 de mayo de 1875, siendo la primera ganadería que toma antigüedad en la recién estrenada plaza ubicada en la Carretera de Aragón, donde actualmente se halla el Palacio de los Deportes de la Capital de España.

El Señor Laffitte, bien por negligencia o dejadez o por su intensa dedicación a la política, hizo que se perdiera la pureza obtenida y que la ganadería fuese decayendo y aunque, después, intentara remediar la caída, ya era tarde y al no conseguirlo, se deshizo de la vacada.

A principios de 1885, compra la mayor parte de esta ganadería el sevillano don Carlos Conradi Galín, quien traslada lo comprado a su finca “La Indiana”. La otra parte de la ganadería, la vende Laffitte al también ganadero sevillano don Francisco Gallardo y Castro.

Don Carlos Conradi, era ya con anterioridad ganadero, teniendo reses compradas a González Nandín de sangre vazqueña y esta compra realizada a Laffitte, se debió llevar a cabo por cualquier otro motivo, que no tenía nada que ver con el estrictamente ganadero, pues Conradi no demostró nunca que le interesara éste ganado y prueba de ello, es que diez meses después se lo vende a don Felipe de Pablo Romero.

Don Felipe de Pablo Romero, dueño de grandes extensiones de terreno agrícola en el Aljarafe y Marismas sevillanas, adquiridas tras la desamortización de Mendizábal y la venta de propiedades de la Iglesia, es un agricultor sevillano aficionado a los toros, que decide dedicar las 15.000 hectáreas de terreno pantanoso que tiene en las Marismas del Guadalquivir, a la crianza del toro bravo, aprovechando la gran cantidad de hierba que allí se cría, lo que da fortaleza y desarrollo a dichas reses.

Pablo Romero, desde el primero momento que compra la ganadería, octubre de 1885, lo primero que hace es llevarla a una finca que posee en Guillena (Sevilla) y allí, comienza a poner orden en el mal estado que presenta la vacada, velando por su saneamiento. Inicia la recuperación de la casta que poseía en otros tiempos estas reses, llegando incluso a lidiar en algunas plazas andaluzas a su nombre, aunque indicando que procedían del Duque de San Lorenzo y de Laffitte, para así, poder comprobar su comportamiento durante la lidia. 

Es este ganadero quien elige como hierro de la ganadería el que ha perdurado hasta nuestros días, osea, un hierro con la forma de la boca metálica de un horno panadero, donde se incluyen las fijaciones laterales en los ladrillos, y en cuanto a divisa, elige la celeste y blanca, como ya habían venido utilizando tanto el Duque de San Lorenzo, como Laffitte, en alguna ocasión.

El 9 de abril de 1888, se presente don Felipe de Pablo Romero en Madrid, en un encierro donde alternaron los espadas cordobeses Rafael Molina “Lagartijo” y Rafael Guerra Bejarano “Guerrita”, junto al gaditano Manuel Hermosilla. Los toros aquella tarde estuvieron muy bien presentados y dieron buen juego.

Aunque el triunfo más rotundo lo obtuvo en Madrid, en la Corrida de la Asociación de la Prensa, celebrada el jueves 17 de mayo de 1906, en el que fueron presentados extraordinariamente bien, ocho toros que tomaron 38 varas, dieron a los picadores 14 tumbos y dejaron para el arrastre 10 caballos. Actuaron como espadas aquel día, cuatro de los más importantes toreros de la época, Antonio Fuentes, Antonio Montes, Ricardo Torres "Bombita" y Rafael González "Machaquito".

Fue don Felipe de Pablo Romero, persona afable y conversadora, que tuvo amistades en todos los ámbitos y en todas las esferas sociales, muy considerado entre los ganaderos, contando con un buen sentido del humor. En el Circulo de Labradores de Sevilla, compartió hasta su muerte, una tertulia donde se trataban todos los temas, incluido el taurino.

Fallece a finales de 1906 y le sucede al frente de la ganadería su hijo don Felipe de Pablo-Romero y Llorente. 

Desde 1903, por medio de una cédula real procurada por su padre, le fue concedida autorización al nuevo heredero, para que poder utilizar como primer apellido el de “de Pablo-Romero”, lo que se ha ido transmitiendo a sucesivas generaciones.

Don Felipe de Pablo-Romero y Llorente, va a estar al frente de la ganadería en el periodo comprendido entre 1906 y 1917. Fue el periodo en que comenzaban los cambios y la nueva época de exigencia de los toreros y éste nuevo ganadero, trató de ir cambiando la exigencia de comportamiento de sus toros conforme a los gustos de los espadas, pero manteniendo las pautas seguidas por su padre y manteniendo también, la agresividad y seriedad de sus toros.

Se presenta por primera vez en Madrid, el 23 de abril de 1908, lidiando cinco toros, el sexto fue de Adalid. Sus toros tomaron un total de 29 varas, dieron 12 tumbos, matando 4 caballos, siendo manso y burriciego el primero, manseando el segundo y dando buen juego los otros tres, especialmente tercero y cuarto. Los diestros fueron Rafael Molina “Lagartijo”, Rafael Gómez “Gallito” y Manuel Mejías Rapela “Bienvenida”, también conocido con el apodo de “El Papa Negro”.

En 1917 don Felipe de Pablo-Romero y Llorente, cede la gestión ganadera a sus hijos don José Luis y don Felipe de Pablo-Romero Artaloitia, quienes se convierten en la tercera generación ganadera de esta familia y continúan la actividad con el mismo esmero y dedicación que sus antecesores, lidiando con el nombre de “Herederos de Pablo-Romero”.

El 15 de mayo de 1917, hacen su presentación en Madrid los hermanos Pablo-Romero, con seis buenos ejemplares, que son lidiados por Joselito el Gallo, Juan Belmonte y Saleri II.

El 30 de mayo de 1917, en la corrida de la Prensa, Joselito el Gallo corto la oreja al toro Rayadito de Pablo-Romero, dando dos vueltas al ruedo. Compartió cartel con su hermano mayor Rafael, Francisco Martín Vázquez y Juan Belmonte.

Es el momento de referir un hecho intrascendente para el tema taurino, pero como el toreo es ante todo romanticismo, estimo acertado su referencia. Me refiero, a que estando hablando de Joselito el Gallo, se ha de hacer mención a doña Guadalupe de Pablo-Romero Artaloitia y a la relación de amor, surgida entre ambos. Joselito llegó a comentar en cierta ocasión: “Estoy enamoradísimo de la hija de un popular ganadero sevillano y voy a casarme con ella. Dentro de un par de temporadas, me retiro. Y lo voy a hacer como Guerrita: en la feria del Pilar de Zaragoza, a la que tanto amo, y por sorpresa”. La familia de la joven, perteneciente a la aristocracia de Sevilla, mantenía una oposición ostensible ante esta relación con el torero de Gelves. Don Felipe de Pablo-Romero Llorente, dicen que en cierta ocasión llegó a comentar: “¿Cómo va a casarse mi hija con un Gitano?”. Y al parecer, Joselito al enterarse del comentario, ante sus amigos, llegó a decir: “Antes me llamaba hijo –cuando iba a los tentaderos- y ahora Gitano”. Guadalupe no llego a casarse con Joselito, no por las reprobaciones familiares a su relación, sino porque el 16 de mayo de 1920, en la Plaza de Talavera de la Reina, el toro “Bailaor” de la Viuda de Ortega, sesga su vida. Doña Guadalupe fallece soltera el 5 de abril de 1983, en el barrio sevillano de Los Remedios, en su testamento deja establecido, que nunca faltasen flores en la tumba de su amado José.

Otro episodio que sí pudiera tener trascendencia desde el punto de vista taurómaco, es el cruce, que se dice que existió, al padrear un toro de Saltillo en la Ganadería de Pablo-Romero, con lo que comenzó a darse en ésta vacada las capas cárdenas. Esto es algo que nunca se supo con exactitud, lo que sí es cierto que entre don Felipe de Pablo-Romero y el VIII Marqués de Saltillo, hubo una gran amistad, tuvieron las ganaderías en fincas contiguas y aquel, fue albacea testamentario de éste a su fallecimiento.

A la edad de 84 años, fallece en Sevilla el 28 de diciembre de 1943, don Felipe de Pablo-Romero y Llorente. Ya por entonces las reses se distribuían en tres Cortijos, osea, en “Partido de Resina” término municipal de Aznalcazar, “Herrerias” en Sanlúcar la Mayor y “Venta Negra” en La Puebla del Río, todas en la provincia de Sevilla.

En Agosto de 1944, fallece don Felipe de Pablo-Romero Artaloitia, que junto con su hermano José Luis venían dirigiendo la vacada desde 1917, pasando a anunciarse la ganadería como “José Luis y Herederos de Felipe de Pablo-Romero”, manteniéndose junto con el resto, la parte que correspondía a los herederos del fallecido.

En el año de 1956, se forma una sociedad familiar, al comprar don José Luis de Pablo-Romero Artaloitia y sus hijos, la parte correspondiente al resto de la familia. Bajo la dirección y gerencia de don José Luis, continúan los éxitos de la ganadería, sobre todo en Madrid. 

En 1959, se constituye la entidad “Pablo-Romero S.A.”, bajo la dirección de don Felipe de Pablo-Romero y Cámara, hijo de don José Luis de Pablo-Romero Artaloitia, comenzando a anunciarse la ganadería con dicho nombre. Así continuó hasta el año 1979, ganándose esta ganadería el reconocimiento de la afición, destacando toros notables como “Cubano”, “Yegüerizo”, “Venenoso”, “Tremendo” y “Potrico” indultado en Barcelona el 23 de mayo de 1968.

Fallece don Felipe de Pablo-Romero y Cámara el 6 de julio de 1979, haciéndose cargo de la vacada su hermano don José Luis, comenzando a anunciarse como “Ganadería de Pablo-Romero”, desde esa fecha hasta 1986.

Si bien desde principios de los setenta del siglo XX, se comenzó a notar en la ganadería, la caída por perdida de las manos en los animales, es en los primeros años de gestión de don José Luis de Pablo-Romero y Cámara, cuando comenzó a apreciarse, además, un bajón en cuanto a casta y bravura. Se producen fracasos importantes en plazas importantes, como Madrid, Bilbao o Pamplona, que se hace aún más patente, en su regreso a la Maestranza sevillana, en el momento menos oportuno, durante las ferias de 1981-82 y 83.

La decepción invade a la Familia Pablo-Romero, quienes empezaron a pensar en la posibilidad de deshacerse de la ganadería. Solo don Jaime de Pablo-Romero y Cámara, hermano de don José Luis, es el único que se resiste a su venta y pasa a comprar la parte de todos los demás miembros de la familia, junto con la finca “Partido de Resina”, ocurriendo esto en los últimos meses de 1986. 

Don Jaime, se convierte en uno de los ganaderos románticos contemporáneos. Deja sus obligaciones profesionales, para dedicarse con toda su alma a intentar recuperar la fuerza, la regularidad y la bravura de esta ganadería legendaria. Traslada a la finca “Partido de Resina” a todo el ganado y comienza el acondicionamiento de ésta finca, para que sus reses se sintieran cómodas en aquel lugar, conforme a las necesidades de alimentación y movilidad, prestando gran atención al saneamiento para evitar plagas. Divide la finca en doce cerrados separados, donde instala los machos de saca, acomodando en cada cerrado cada grupo de toros destinados a la plaza correspondiente, según la categoría de ésta, otros cerrados para erales y utreros, alojando las hembras a la parte más alejada del cortijo, junto a la marisma de Aznalcázar. Comienza un estudio exhaustivo de los libros de la ganadería, tratando de poner en orden la genética de la misma y así alcanzar el sitio que antes habían ocupado. Era consciente de que lo que debía perseguir, era la consecución de rehacer una vacada muy castigada por problemas sanitarios, por lo que se vio obligado a sacrificar y reducir en número la ganadería.

Los costes de la adecuación de la finca y el sacrificio de cabezas experimentado, junto con la imposibilidad de lidiar en plazas importante, lo que se traducía en el percibo de bajos precios por aquello que vendía, se transformaron en graves problemas económicos, que intentó compensar don Jaime, incluso, con un llamamiento público a taurinos y aficionados, para crear la fundación Pablo-Romero, que pudiera conservar el encaste único de dicha ganadería. Fueron muchos los aficionados que contribuyeron económicamente con la fundación, poniendo sus ahorros a disposición de la mítica vacada, a fondo perdido. Sin embargo la administración y los estamentos taurinos, hicieron el “Don Tancredo” y no se movieron en favor del proyecto. El proyecto de la Fundación, fue suspendido y devueltas la donaciones a los 5.663 particulares, 49 peñas francesas y 26 españolas, que había puesto su dinero a disposición de la misma.

La última vez que se lidian toros pertenecientes a la familia Pablo-Romero es el 1 de junio de 1997 en Madrid, siendo los espadas encargados de su lidia José Pedro Prados “El Fundi”, Domingo Valderrama y Ángel de la Rosa, con resultado decepcionante.

En 1997 don Jaime de Pablo-Romero y Cámara, vende la ganadería a la Sociedad Agrícola y Ganadera “Partido de Resina”, con derechos de hierro, antigüedad y divisa. Así finaliza de la labor ganadera de la familia Pablo-Romero, tras ciento doce años de ostentar en su poder, saber administrar y defender con éxito, unos de los hierros ganaderos de bravo más importantes de la cabaña española.

Desde enero de 1998 esta vacada pasa a denominarse "Partido de Resina, antes Pablo-Romero", al ser comprada por una sociedad que llegó a pagar por ella y por la finca de dicho nombre 550 millones de pesetas, según se hizo público. Componen la sociedad un grupo de aficionados entre los que se encuentra su representante don José Luis Algora, veterinario especializado en ganado bravo, habiendo permanecido durante muchos años como mayoral don Manuel Muñoz (cuarta generación de mayorales en casa de Pablo-Romero), quedándose don Jaime de Pablo-Romero con los libros de la ganadería, pero a disposición siempre de la nueva propiedad de la vacada. En un principio y tras un exhaustivo saneamiento y exigente tienta, en la ganadería quedaron 120 vacas y alguna corrida de cinqueño.

Esta es la historia de la raíz fundacional de la Casta Gallardo, hoy representada únicamente por estos toros que la familia Pablo-Romero, llegó a poner en lo más alto y darle un perfil, que representa primordialmente, al trapío que debe tener un toro bravo.