sábado, 16 de mayo de 2026

JOSELITO SE EMPEÑÓ EN MORIR EN TALAVERA.

 


JOSELITO SE EMPEÑÓ EN MORIR EN TALAVERA



Autor: Gregorio Corrochano
Publicado en ABC el 17 de mayo de 1920.

 

El toro le cogió de lleno, le enganchó por el muslo derecho, y en el aire le dio una cornada seca y certera en el bajo vientre. Cayó José mortalmente herido, se contrajo, y el toro le derrotó en el suelo, pero no le recogió.

 

Todo lo que ocurre me parece una pesadilla. Lo he visto y no lo creo. Me cuesta un esfuerzo terrible escribir: a Joselito le ha matado un toro. Pero así es, así ha ocurrido: a Joselito le ha matado un toro en Talavera de la Reina. Estoy bajo la terrible impresión de la tragedia. No quisiera ser el cronista a quien la fatalidad le reservó esta narración. Estoy entristecido y sin embargo tengo que escribir. Escribiré; sería mi sino, como el del pobre Joselito sería el de venir a morir aquí. Lo que más me preocupa, lo que me obsesiona es lo que hay de fatalidad en todo esto. Joselito, desde que supo que se organizaba una corrida en Talavera, no pensó más que en torearla. La empresa no quiso traerle, porque esta plaza, de poca cabida, no admite presupuestos caros. Un íntimo amigo suyo tomó el negocio a base de Joselito, y quedó Joselito contratado en Talavera. Entonces surgieron más dificultades. La empresa de Madrid le reclamaba para este día; llegó hasta intervenir la Dirección de Seguridad, y anunció que no dejaría salir de Madrid a Joselito. Este se obstinó en venir; ofreció nuevas fechas, buscó combinaciones, dio toda clase de facilidades para el nuevo abono, a cambio del favor de que le dejaran venir a Talavera. Y vino, y murió casi en el ruedo, pues entró en la enfermería con un colapso, del que no volvió.

Le mató el toro quinto; se llamaba Bailador, era negro, tenía cinco años, era muy chico, muy corto de pitones y sólo pesaba 260 kilos; pertenecía a la ganadería de la viuda de Ortega, una cruza de Veragua y Santa Coloma.

La corrida se deslizaba alegra y animosa. Había un lleno imponente. Se le recibió a Gallito como reciben estos pueblos, con entusiasmo y gratitud; como se recibe al artista que les hace el favor de ofrendarles su arte; dándose perfecta cuenta de su papel de favorecidos. Gallito brindo animoso, y aún recuerdo el brindis, que fue una evocación: “Brindo por el presidente, por su distinguido acompañamiento y por el pueblo de Talavera, adonde tenía muchas ganas de torear, porque esta plaza la inauguró mi padre, por, cuya memoria brindo también”.

Un toro burriciego

Salió el quinto toro, tan certero como suelen ser todos los toros cornicortos, y sin recargar, sin llegar apenas a los caballos, pues fue el menos bravo, mató tantos como varas tomó. Joselito me indicó con el gesto que el toro no le gustaba; yo le contesté que a mí tampoco me agradaba. Uno de tantos comentarios mudos como Joselito y yo hacíamos en las corridas. Más tarde le indiqué que el toro era burriciego; él me dijo que había perdido la vista el toro en los caballos. Y salió a matar. El toro se defendía y estaba bronco. José medio lo dominó con la muleta, y el toro se fue a tablas, cerca de mi barrera del 1. Oí perfectamente que le dijo al Cuco dos veces: “Quítate, Enrique, que está el toro contigo, y por eso no toma la muleta”. El Cuco se cambió de lugar, Joselito lo sacaba con pases de tirón, muy trabajosamente, pues el toro apenas le embestía.

José, que estaba muy cerca, dándole con la muleta en la cara, se retiró, y entonces el toro, acaso porque le viera mejor por el defecto de la vista ya apuntado, se le arrancó fuerte y pronto, inesperadamente, en un momento en que el torero no hacía nada, sino que se disponía a hacer. A José, a quien indudablemente sorprendió el toro, no le dio tiempo de nada, ni de darle salida ni quitarse de allí, a pesar de sus facultades. No hizo más que adelantarle la muleta para taparle y parar el golpe. El toro le cogió de lleno, le engancho por el muslo derecho, y en el aire le dio una cornada seca y certera en el bajo vientre, como las que había dado a los caballos. Cayó José mortalmente herido, se contrajo, y el toro le derrotó en el suelo, pero no le recogió.

Cuando le incorporaron me miró con cara de angustia, y me señaló con la mano la ingle al mismo tiempo que se recogí los intestinos, que le asomaban. Al Cuco, que le llevaba a la enfermería, le dijo: “A Mascarell, que avisen a Mascarell”. Y ya no habló más; le dio el colapso. Sus íntimos amigos Leandro Villar y Darío López salieron, sin perder un minuto, para Madrid en busca de los doctores Mascarell y Goyanes. Todo inútil. Apenas recorrerían unos minutos, ya su pobre amigo no tenía necesidad de la ciencia que iban a buscar. A Sánchez Megías le ocultaron la gravedad, y lidio el sexto toro, vengativo, descompuesto, haciendo tantas y tan temerarias cosas, que ya temíamos por el segundo percance.

Mientras tanto, en la enfermería los médicos Sanguino, Ortega, Muñoz, Luque, Pajares, y no sé si alguno más, cuidaban de reaccionarle con suero, cafeína, alcanfor…; nada, todo inútil porque el pobre torero no reaccionaba. Sólo hubo un momento de esperanza, en que movió los brazos, para caer nuevamente en el sopor, y cuando su cuñado, Sánchez Megías, muerto el último toro, entraba corriendo en la enfermería, ya alarmado por el rumor de la plaza y el ir y venir de la gente por el callejón, expiraba Joselito.

Yo lo he visto muerto, le he visto y no lo creo. He visto cómo le quitaban del cuello un retrato de su madre y una medalla de la Virgen de la Esperanza, deformada por un toro en San Sebastián. Me parecía dormido. No puedo creer que muriera quien unos minutos antes era la alegría de esta plaza. Me parece mentira que haya muerto quien llegó hace unas horas conmigo, y al montar en la estación en un coche, como esos que van en Madrid con bodas a la Bombilla, empezó a cantar alegremente, y fue hasta el hotel gritando como un chico: “Viva la novia”.

Me parece mentira, pero es la realidad, la trágica realidad; a Joselito le ha matado un toro, y yo tengo que contarlo, que es otra dolorosa realidad. Porque lo terrible no es que a un torero lo mate un toro, sino la manera, la forma, las circunstancias de este caso concreto. Con Joselito no ha muerto solamente un torero, sino la figura representativa del toreo, y quién sabe si la fiesta misma.

Sánchez Megías, mató al toro y quedó la lidia interrumpida. La impresión en el público fue terrible; ya nadie vio el otro toro, que si se lidio fue porque Sánchez Megías, que ignoraba entonces, como todos, la gravedad del percance, le dijo al presidente: “Venga el otro toro, para acabar cuanto antes”. Cuando al terminar la corrida el público se dio cuenta de lo que ocurría permaneció largo rato en la plaza sin saber qué partido tomar, hasta que, advertido por los empleados y la Guardia civil, salió silencioso de la plaza. Las mujeres lloraban; los hombres no ocultaban su emoción. La mayor parte de las señoras que paseaban por el Prado, al enterarse por los espectadores que salían de la plaza, suspendieron el paseo. El alcalde, Sr. Rivera, dispuso que cesaran todos aquellos festejos que organizó el Ayuntamiento, como los conciertos populares. El gobernador de Toledo tomó el acuerdo acertadísimo de que el telégrafo funcionara toda la noche, sin la limitación ordinaria, para que se pudiera estar en comunicación con la familia del diestro.


Noche en la enfermería

                Sánchez Megías se fue a la enfermería en cuanto terminó la corrida, y al ver que Joselito se moría en aquel momento sufrió una impresión terrible. A pesar, de la fortaleza de ánimo de Ignacio, tuvimos que auxiliarle, un auxilio que nos cambiábamos mutuamente, un auxilio, fingido para fortalecernos, pues todos necesitábamos de él. Y llegó la noche, una noche tristísima, angustiosa, que pasamos en la enfermería mirando a Joselito, alumbrados por unas velas que proyectaban sombras siniestras, que se movían.

                Las cuadrillas, aquellos hombres fuertes y hercúleos hechos a la brega con los toros y a las emociones trágicas, lloraban como niños. Sánchez Megías no tenía consuelo, y repetía incesantemente: “¡Qué fatalidad, qué fatalidad!”. El silencio, cuando no lo rompía una queja, lo cortaba un comentario o una anécdota del gran torero. Como lloviera durante el viaje, le animo al empresario, diciéndole: “No te apures, Leandro, que para que se suspenda tiene que caer el diluvio. Desde que me he enterado de que mi padre inauguró esa plaza, soy capaz de pagar lo que me pidan por torear en ella”. Entonces nos relató una corrida en Quintanar, en la que mató un toro que no se había picado con el agua hasta media pierna, citando con el capote al brazo en vez de la muleta. Y entre los recuerdos y las quejas y el llanto, y las lamentaciones, se nos hizo medianoche.

                A las dos de la madrugada llegó Rafael “el Gallo” en el automóvil de Isidoro F. de Mora. Este señor se hallaba ayer en el Casino de Madrid y se enteró de que Rafael pedía un automóvil para ir a ver a su hermano, que había sido herido en Talavera. Se ofreció el Sr. Mora, y fueron los dos en busca de un médico. El médico ya sabía el final desgraciado, y excusó su asistencia.

                Rafael partió muy alarmado, pues la negativa del médico, cuya causa le ocultaron, le hizo sospechar. Momentos antes de llegar, el Sr. Mora se lo dijo. Rafael entonces se negó a entrar en la enfermería, muy excitado por una especie de terror supersticioso del terror a los muertos. Rafael regresó a Madrid al amanecer. Dijo que por ahora no volvía a torear.

                Desde las dos empezaron redactores y fotógrafos de todos o casi todos los periódicos. Yo les referí punto por punto del percance como relatado queda. La corrida salió difícil, la corrida salió bronca, la corrida tuvo mucho poder, a pesar de ser chicos los toros. Eso fue todo. Una desgracia, nada más que una desgracia.

 

Portada de ABC dedicada a Bailador, el toro que mató a Joselito.

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Anteriormente se ha copiado al pie de la letra y guardando la mayor similitud con lo publicado en el periodico ABC de 17 de mayo de 1920, acerca de la descripción exacta realizada por el periodista don Gregorio Corrochano, donde nos hace llegar con todo detalle, cómo se produjo la cogida y muerte del torero sevillano José Gómez Ortega "Joselito".