sábado, 16 de mayo de 2026

JOSELITO SE EMPEÑÓ EN MORIR EN TALAVERA.

 


JOSELITO SE EMPEÑÓ EN MORIR EN TALAVERA



Autor: Gregorio Corrochano
Publicado en ABC el 17 de mayo de 1920.

 

El toro le cogió de lleno, le enganchó por el muslo derecho, y en el aire le dio una cornada seca y certera en el bajo vientre. Cayó José mortalmente herido, se contrajo, y el toro le derrotó en el suelo, pero no le recogió.

 

Todo lo que ocurre me parece una pesadilla. Lo he visto y no lo creo. Me cuesta un esfuerzo terrible escribir: a Joselito le ha matado un toro. Pero así es, así ha ocurrido: a Joselito le ha matado un toro en Talavera de la Reina. Estoy bajo la terrible impresión de la tragedia. No quisiera ser el cronista a quien la fatalidad le reservó esta narración. Estoy entristecido y sin embargo tengo que escribir. Escribiré; sería mi sino, como el del pobre Joselito sería el de venir a morir aquí. Lo que más me preocupa, lo que me obsesiona es lo que hay de fatalidad en todo esto. Joselito, desde que supo que se organizaba una corrida en Talavera, no pensó más que en torearla. La empresa no quiso traerle, porque esta plaza, de poca cabida, no admite presupuestos caros. Un íntimo amigo suyo tomó el negocio a base de Joselito, y quedó Joselito contratado en Talavera. Entonces surgieron más dificultades. La empresa de Madrid le reclamaba para este día; llegó hasta intervenir la Dirección de Seguridad, y anunció que no dejaría salir de Madrid a Joselito. Este se obstinó en venir; ofreció nuevas fechas, buscó combinaciones, dio toda clase de facilidades para el nuevo abono, a cambio del favor de que le dejaran venir a Talavera. Y vino, y murió casi en el ruedo, pues entró en la enfermería con un colapso, del que no volvió.

Le mató el toro quinto; se llamaba Bailador, era negro, tenía cinco años, era muy chico, muy corto de pitones y sólo pesaba 260 kilos; pertenecía a la ganadería de la viuda de Ortega, una cruza de Veragua y Santa Coloma.

La corrida se deslizaba alegra y animosa. Había un lleno imponente. Se le recibió a Gallito como reciben estos pueblos, con entusiasmo y gratitud; como se recibe al artista que les hace el favor de ofrendarles su arte; dándose perfecta cuenta de su papel de favorecidos. Gallito brindo animoso, y aún recuerdo el brindis, que fue una evocación: “Brindo por el presidente, por su distinguido acompañamiento y por el pueblo de Talavera, adonde tenía muchas ganas de torear, porque esta plaza la inauguró mi padre, por, cuya memoria brindo también”.

Un toro burriciego

Salió el quinto toro, tan certero como suelen ser todos los toros cornicortos, y sin recargar, sin llegar apenas a los caballos, pues fue el menos bravo, mató tantos como varas tomó. Joselito me indicó con el gesto que el toro no le gustaba; yo le contesté que a mí tampoco me agradaba. Uno de tantos comentarios mudos como Joselito y yo hacíamos en las corridas. Más tarde le indiqué que el toro era burriciego; él me dijo que había perdido la vista el toro en los caballos. Y salió a matar. El toro se defendía y estaba bronco. José medio lo dominó con la muleta, y el toro se fue a tablas, cerca de mi barrera del 1. Oí perfectamente que le dijo al Cuco dos veces: “Quítate, Enrique, que está el toro contigo, y por eso no toma la muleta”. El Cuco se cambió de lugar, Joselito lo sacaba con pases de tirón, muy trabajosamente, pues el toro apenas le embestía.

José, que estaba muy cerca, dándole con la muleta en la cara, se retiró, y entonces el toro, acaso porque le viera mejor por el defecto de la vista ya apuntado, se le arrancó fuerte y pronto, inesperadamente, en un momento en que el torero no hacía nada, sino que se disponía a hacer. A José, a quien indudablemente sorprendió el toro, no le dio tiempo de nada, ni de darle salida ni quitarse de allí, a pesar de sus facultades. No hizo más que adelantarle la muleta para taparle y parar el golpe. El toro le cogió de lleno, le engancho por el muslo derecho, y en el aire le dio una cornada seca y certera en el bajo vientre, como las que había dado a los caballos. Cayó José mortalmente herido, se contrajo, y el toro le derrotó en el suelo, pero no le recogió.

Cuando le incorporaron me miró con cara de angustia, y me señaló con la mano la ingle al mismo tiempo que se recogí los intestinos, que le asomaban. Al Cuco, que le llevaba a la enfermería, le dijo: “A Mascarell, que avisen a Mascarell”. Y ya no habló más; le dio el colapso. Sus íntimos amigos Leandro Villar y Darío López salieron, sin perder un minuto, para Madrid en busca de los doctores Mascarell y Goyanes. Todo inútil. Apenas recorrerían unos minutos, ya su pobre amigo no tenía necesidad de la ciencia que iban a buscar. A Sánchez Megías le ocultaron la gravedad, y lidio el sexto toro, vengativo, descompuesto, haciendo tantas y tan temerarias cosas, que ya temíamos por el segundo percance.

Mientras tanto, en la enfermería los médicos Sanguino, Ortega, Muñoz, Luque, Pajares, y no sé si alguno más, cuidaban de reaccionarle con suero, cafeína, alcanfor…; nada, todo inútil porque el pobre torero no reaccionaba. Sólo hubo un momento de esperanza, en que movió los brazos, para caer nuevamente en el sopor, y cuando su cuñado, Sánchez Megías, muerto el último toro, entraba corriendo en la enfermería, ya alarmado por el rumor de la plaza y el ir y venir de la gente por el callejón, expiraba Joselito.

Yo lo he visto muerto, le he visto y no lo creo. He visto cómo le quitaban del cuello un retrato de su madre y una medalla de la Virgen de la Esperanza, deformada por un toro en San Sebastián. Me parecía dormido. No puedo creer que muriera quien unos minutos antes era la alegría de esta plaza. Me parece mentira que haya muerto quien llegó hace unas horas conmigo, y al montar en la estación en un coche, como esos que van en Madrid con bodas a la Bombilla, empezó a cantar alegremente, y fue hasta el hotel gritando como un chico: “Viva la novia”.

Me parece mentira, pero es la realidad, la trágica realidad; a Joselito le ha matado un toro, y yo tengo que contarlo, que es otra dolorosa realidad. Porque lo terrible no es que a un torero lo mate un toro, sino la manera, la forma, las circunstancias de este caso concreto. Con Joselito no ha muerto solamente un torero, sino la figura representativa del toreo, y quién sabe si la fiesta misma.

Sánchez Megías, mató al toro y quedó la lidia interrumpida. La impresión en el público fue terrible; ya nadie vio el otro toro, que si se lidio fue porque Sánchez Megías, que ignoraba entonces, como todos, la gravedad del percance, le dijo al presidente: “Venga el otro toro, para acabar cuanto antes”. Cuando al terminar la corrida el público se dio cuenta de lo que ocurría permaneció largo rato en la plaza sin saber qué partido tomar, hasta que, advertido por los empleados y la Guardia civil, salió silencioso de la plaza. Las mujeres lloraban; los hombres no ocultaban su emoción. La mayor parte de las señoras que paseaban por el Prado, al enterarse por los espectadores que salían de la plaza, suspendieron el paseo. El alcalde, Sr. Rivera, dispuso que cesaran todos aquellos festejos que organizó el Ayuntamiento, como los conciertos populares. El gobernador de Toledo tomó el acuerdo acertadísimo de que el telégrafo funcionara toda la noche, sin la limitación ordinaria, para que se pudiera estar en comunicación con la familia del diestro.


Noche en la enfermería

                Sánchez Megías se fue a la enfermería en cuanto terminó la corrida, y al ver que Joselito se moría en aquel momento sufrió una impresión terrible. A pesar, de la fortaleza de ánimo de Ignacio, tuvimos que auxiliarle, un auxilio que nos cambiábamos mutuamente, un auxilio, fingido para fortalecernos, pues todos necesitábamos de él. Y llegó la noche, una noche tristísima, angustiosa, que pasamos en la enfermería mirando a Joselito, alumbrados por unas velas que proyectaban sombras siniestras, que se movían.

                Las cuadrillas, aquellos hombres fuertes y hercúleos hechos a la brega con los toros y a las emociones trágicas, lloraban como niños. Sánchez Megías no tenía consuelo, y repetía incesantemente: “¡Qué fatalidad, qué fatalidad!”. El silencio, cuando no lo rompía una queja, lo cortaba un comentario o una anécdota del gran torero. Como lloviera durante el viaje, le animo al empresario, diciéndole: “No te apures, Leandro, que para que se suspenda tiene que caer el diluvio. Desde que me he enterado de que mi padre inauguró esa plaza, soy capaz de pagar lo que me pidan por torear en ella”. Entonces nos relató una corrida en Quintanar, en la que mató un toro que no se había picado con el agua hasta media pierna, citando con el capote al brazo en vez de la muleta. Y entre los recuerdos y las quejas y el llanto, y las lamentaciones, se nos hizo medianoche.

                A las dos de la madrugada llegó Rafael “el Gallo” en el automóvil de Isidoro F. de Mora. Este señor se hallaba ayer en el Casino de Madrid y se enteró de que Rafael pedía un automóvil para ir a ver a su hermano, que había sido herido en Talavera. Se ofreció el Sr. Mora, y fueron los dos en busca de un médico. El médico ya sabía el final desgraciado, y excusó su asistencia.

                Rafael partió muy alarmado, pues la negativa del médico, cuya causa le ocultaron, le hizo sospechar. Momentos antes de llegar, el Sr. Mora se lo dijo. Rafael entonces se negó a entrar en la enfermería, muy excitado por una especie de terror supersticioso del terror a los muertos. Rafael regresó a Madrid al amanecer. Dijo que por ahora no volvía a torear.

                Desde las dos empezaron redactores y fotógrafos de todos o casi todos los periódicos. Yo les referí punto por punto del percance como relatado queda. La corrida salió difícil, la corrida salió bronca, la corrida tuvo mucho poder, a pesar de ser chicos los toros. Eso fue todo. Una desgracia, nada más que una desgracia.

 

Portada de ABC dedicada a Bailador, el toro que mató a Joselito.

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Anteriormente se ha copiado al pie de la letra y guardando la mayor similitud con lo publicado en el periodico ABC de 17 de mayo de 1920, acerca de la descripción exacta realizada por el periodista don Gregorio Corrochano, donde nos hace llegar con todo detalle, cómo se produjo la cogida y muerte del torero sevillano José Gómez Ortega "Joselito".

martes, 12 de mayo de 2026

CAPITULO VII: ROBO EN EL CORTIJO “EL CORDOBÉS” OCURRIDO EL 15 DE ENERO DE 1941.

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Cortijo "El Cordobés" próximo a la Fuensanta.

Ante Florentino Mostaza Gómez, alférez de la segunda compañía de la Comandancia de la Guardia Civil de Córdoba y Jefe de la Línea establecida en El Carpio, concentrado en la establecida en Montoro, compareció en la casa-cuartel sobre las once horas del día 16 de enero de 1941, Miguel López Jiménez, de 59 años de edad, manifestando que por orden del dueño de la finca “El Cordobés”, daba cuenta de que la noche anterior habían estado en dicho Cortijo, llevándose muchas cosas que él no podía referir, una porción de rojos que se marcharon después de mucho rato amenazando a los moradores del cortijo, con que matarían a todo el que se asomara a la puerta, hasta que fuera de día.

Inmediatamente el oficial instructor del atestado dispuso que un grupo de agentes de la guardia civil, saliera por la parte alta de la finca y recorriera todos los caseríos y sitios sospechosos, existentes en el sitio “Loma del Rayo”, y otro grupo, efectuara lo propio por la margen derecha del río Guadalquivir, donde está enclavada la finca objeto del robo. En cuyo lugar, hicieron acto de presencia el oficial Mostaza, en unión del Capitán Jefe del Sector de la Sierra y guardia segundo del puesto de Montoro, Antonio Evans Cállava, después de pasar por el cortijo “Las Prensas” y ordenar la salida inmediata de un grupo de agentes del destacamento allí ubicado, encargado de recorrer e inspeccionar las márgenes del arroyo de Corcomé, limítrofe con la finca asaltada.

Una vez llegaron a la finca “El Cordobés”, sobre las trece horas aproximadamente, fue interrogado el dueño de la finca llamado Bartolomé Márquez Moya, mayor de edad, propietario, natural y vecino de El Carpio, domiciliado en la calle Alferez Arjona nº 10 y accidentalmente en el cortijo de su propiedad objeto de los hechos, sito en el Pago de la Nava del término municipal de Montoro, manifestando: Que sobre las diez y ocho horas del día anterior o antes tal vez, se personaron en el cortijo un grupo de más de veinte hombres armados de fusil y pistola, excepto uno que llevaba escopeta y dos más que solo llevaban pistola, los cuales con el cortijo convenientemente cercado y amenazando a él y sus familiares, empezaron a saquear la casa, llevándose todos los efectos que figuran en la relación que se une seguidamente y después de amenazarlos nuevamente, si alguno salía a la calle antes de ser de día al siguiente, marcharonse sobre las veintitrés horas con dirección al arroyo de Corcomé y sin que a pesar de las gestiones practicadas al efecto, se haya podido adquirir noticia o rastro alguno de los fugitivos, que según el declarante, deben ser de esta comarca a juzgar por el modo de hablar y vestir, no conociendo a ninguno y aportando únicamente las señas de que uno, es muy algo, otro con los ojos tiernos y otro tuerto del ojo izquierdo, si mal no recuerda.

Como consecuencia del robo que nos ocupa, fueron sustraídos por los asaltantes, los efectos siguientes: Dos mulos y una yegua que aparecieron en la mañana siguiente, tres mil pesetas en distintas clases de billetes de banco, 30 kilos de chorizo y 25 de morcilla, dos cantaras con aceite, un saco de cien kilos de ajos, unos zapatos finos nuevos, unas botas en buen uso, una manta, unas sandalias nuevas, una toalla nueva, dos sábanas, unos pantalones de pana nuevos, un chaleco de pana también nuevo, una blusa nueva, un abrigo de astracán nuevo negro, cinco pares de pantalones dos de ellos de pana y los tres restantes de trabajo, cuatro camisas, cuatro camisetas, tres blusas, una pelliza nueva, dos americanas nuevas, seis pares de calcetines, unos zapatos bajos, seis pañuelos de seda de señora, dos vestidos negros, un saquito de lana, una camisa de señora en pieza, dos visos negros, cuatro toallas, cuatro fundas de almohada, siete sabanas, dos paños, cuatro mantas, seis mudas de niño, tres abrigos, cinco sombreros, unos zapatos, siete pares calcetines de niño, cuatro pares de media de señora, dos tapetes, una colcha, una canastilla completa, un bolso de mano, un neceser con los peines, dos trajes nuevos, gris y marrón, un pantalón y un chaleco de pana lisos, otro juego de lana de cordoncillo, cuatro camisas en confección, cuatro finas con puños, tres camisas de trabajo, dos pares de calzoncillos cortados sin coser, un reloj de bolsillo cronometro Roscoff, un impermeable de goma, cuatro pares de pantalones de trabajo, tres pares de calcetines, seis pañuelos, una bilbaína, unos zapatos de color, dos vestidos de señora nuevos, una casaca de pana, dos pares de guantes de cabritilla, cuatro mudas de ropa blanca, dos pañuelos de seda negro y amarillo, cuatro sabanas, seis fundas de almohada, una blusa de cuadritos de mujer, una falda de crespón negra, siete pares de medias, un paño de dos caras una blanca y otra marrón, un manto a cuadros, otro paño más inferior, un pañuelo de seda de ramos, dos pares de manteles, un vestido de pana con ramitos, un alfiler de oro de corbata, dos cajas de inyecciones, la jeringa para las inyecciones, una caja de peines, un jamón añejo y un saco con unos sesenta kilos de garbanzos, un costal con harina, tres aparejos nuevos y dos serones, todo propiedad de los hermanos Juan, José y Bartolomé Márquez Moya.

Este atestado fue turnado al Juzgado de Instrucción Militar nº 12 de Córdoba del que era titular Luis Velasco Arenas, el cual de inmediato interesó información a la guardia civil de Montoro, sobre las gestiones realizadas, tendentes a averiguar como se produjeron los hechos y la identidad de los presuntos autores de los mismos.

La guardia civil de Montoro, contesta el 16 de mayo de 1941, en el sentido de que las diligencias practicadas por fuerzas de la guardia civil de dicha localidad, hasta la fecha han resultado infructuosas, continuándose las mismas, que de dar resultado positivo darían cuenta inmediata a la autoridad judicial.

Requisitoria publicada en el B.O.P.

El 2 de junio de 1942, se acuerda publicar edicto en el Boletín Oficial de la Provincia y una vez verificada dicha publicación, con fecha 6 de julio de 1942 por medio de la correspondiente diligencia se declara la rebeldía de los presuntos autores del robo que nos ocupa, al no haber comparecido los mismos en el plazo dado.

El 15 de septiembre de 1942, el Juez Velasco propone al Capitán General de la Región Militar el sobreseimiento provisional y archivo de la causa, cuya propuesta tras el preceptivo informe del auditor de guerra, es aceptada por don Miguel Ponte y Manso de Zúñiga, capitán general de Sevilla, quedando la causa archivada provisionalmente hasta nuestros días(1).

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(1) Lo relatado anteriormente, está obtenido de lo que consta en el sumario instruido por el Juzgado de Instrucción Militar nº 12 de Córdoba, correspondiéndose algunos párrafos literalmente con lo que obra en el mismo.


miércoles, 6 de mayo de 2026

CAPITULO VI: ROBO DE UN NOVILLO EN LA MINA “HUERTA DEL ABAD” O “HUERTA LAVÁ” OCURIDO EL 18 DE MAYO DE 1940.

 

Lomas y barrancos de la finca "Arroyo Molino" 

Ante el cabo de la quinta compañía de la guardia civil de Córdoba, Antonio Romero Garrido, jefe del destacamento ubicado en la finca “La Onza”, siendo las siete horas del día 19 de mayo de 1940, compareció el que manifestó llamarse Pablo Cañuelo Cachinero, de 40 años de edad, casado, natural de Cardeña y en aquel momento, Guarda de la mina “Huerta  del Abad”[1], manifestando que sobre las veintiuna hora del día anterior, se presentaron en dicha mina donde tiene su domicilio, cuatro huidos rojos, los cuales llevaban unos treinta kilos de carne de una red vacuna que habían matado, los cuales iban provistos de fusiles, dos de ellos con bombas de mano de piña y pistolas, que le hicieron la cena de la carne que llevaban, que estuvieron comiendo todos los que había en la casa, que son los siguientes el vaquero, la esposa de éste, el cabrero y un hermano de éste, el declarante y un cuñado suyo llamado Luis Luna Cepas, permaneciendo en dicha casa unas tres horas, dejando al marcharse como unos dos kilogramos de carne, que reconoció entre los cuatro individuos estos, a tres de ellos que en los primeros días de marzo, estuvieron también en su casa tomando una poca de leche. Que al marcharse lo hicieron con dirección a “Arroyo Molino”, encargando que no diesen cuenta a la guardia civil, hasta el día siguientes, diciéndole los huidos también que, dentro de un mes estarían en sus casas, dándole a entender que para dicha fecha gobernarían en España los rojos nuevamente. Que es cuanto tuvo que decir de lo ocurrido en su casa.

Atestado denunciando los hechos en el destacamento de "La Onza"

Tras tener conocimiento de lo ocurrido el instructor del atestado, con el resto de agentes del destacamento de la finca “La Onza”, salió acto seguido en persecución de los huidos, encontrando en “Raso Quijano” del término municipal de Montoro, una red vacuna de unos 180 kilogramos de peso muerta, presentando un tiro de fusil en la paletilla derecha y señales de haber sido degollada, habiéndole cortado los dos cuartos traseros y los lomos, resultando ser dicha red del vecino de Montoro Eugenio Veredas Ostos, continuándose la práctica de diligencias con el fin de detener a los huidos, recorriendo todos los barrancos y sitios donde pudieran ocultarse, sin que hasta esta fecha diese el resultado apetecido, pasando a interrogar a las personas que en la casa del guarda estuvieron cenando en unión de los cuatro huidos rojos, por si estuviesen en contacto con los mismos.

El primero en ser preguntado fue el que dijo ser y llamarse Luis Luna Cepas, de 41 años de edad, estado soltero, natural y vecino de Cardeña y con domicilio en la calle Real número 27, manifestando: Que se encontró con los huidos cuando iba con una carga de leña en dirección a la mina, distante unos doscientos metros, preguntándole que quién había en la mina, que si estaban allí los guardias, contestándole el que habla que iban con frecuencia, pero que en aquella ocasión ignoraba que estuviesen allí, marchando con ellos a la repetida mina. Una vez en la misma, entre el vaquero Francisco Lara Ruiz y los huidos, hicieron trozos la carne, y una vez hecha la cena, les invitaron, aceptando a ello ante el temor de que le fuera a ocurrir algo. Preguntado por qué no dio conocimiento mientras cenaban o después de haberse marchado, dijo que no lo hizo porque les encargaron mucho, que no lo hicieran hasta el día siguiente, que es cuanto tiene que decir sobre lo que se le pregunta.

Novillo similar cuya matanza dio origen a estos hechos.

Después es interrogado el vaquero Francisco Lara Ruiz, de 34 años de edad, estado casado, natural y vecino de Montoro, domiciliado en la expresada mina, el cual en la actualidad desempeña el cargo de vaquero con las reses vacunas de Eugenio Veredas Ostos, manifestando: Que cuando se acercó a la mina vio a cuatro hombres armados, que le preguntaron si era el vaquero, contestándole afirmativamente, diciéndole los huidos “mañana pasa lista que te falta un novillo, que lo “habemos” matado nosotros”, entrando con ellos a la casa y se dispusieron a arreglar la carne, dándole una navaja para que les ayudase a partirla, una vez arreglada la comida les invitaron a comer al que habla y a su esposa, a lo que aceptaron no fuera a ocurrirles algo, diciéndole después “esta noche no vayas a dar parte por la cuenta que te tiene, mañana sí y que venga la guardia civil”. Que estarían unas tres horas y que al marcharse le dijeron al guarda Pablo Cañuelo, “usted no tenga cuidado que no le pasa nada sabemos que tiene ganado, pero no le robamos ninguno y que tenga mucho cuidado de no dar parte hasta mañana”.

Seguidamente presto declaración Jacinto Cano García, de 20 años de edad, soltero, natural y vecino de Montoro, con domicilio en calle Olivares número 16, que en ese momento se encontraba trabajando en la mina “Huerta del Abad”, y en relación a los hechos dijo: Que ya anochecido llegaron a la casa del guarda cuatro hombres armados de fusiles y bombas de mano, que observó que uno llevaba una pistola, que los macutos que llevaban, los llevaban llenos de carne de una red vacuna, que dijeron habían matado. Que cuando hicieron la comida le dijeron al que habla y a las demás personas que había allí presentes “vamos a comer”, aceptando a ello, y como le dijeran que habían comido, lo repitieron de nuevo diciéndole “vamos a comer todos juntos”, a lo que obedecieron. Que reconoció a uno de los huidos como uno de los que en los primeros días de marzo estuvieron en dicha mina. Preguntado las causas por qué no dio cuenta de que se encontraban los rojos en la mina, dijo que no lo hizo no le fuera a ocurrir algo y al mismo tiempo porque le encargaron que lo hicieran al día siguiente, siendo cuanto tiene que decir sobre los hechos.

Casa de Pastores en la finca "Arroyo Molino"

El siguiente en prestar declaración fue Miguel Cano García, hermano del anterior, de 26 años de edad, soltero, natural y vecino de Montoro, domiciliado en calle Olivares número 16, trabajador de la mina “Huerta del Abad”, manifestando: Que ya bien anochecido, desde unas de las dependencias de la mina, vio a unos cuantos hombres, que no notó estuvieran armados, pero sí luego después tuvo noticias por su hermano ya citado, que se encontraba en la casa del guarda, que los hombres que allí habían eran los huidos rojos, quedándose en su dependencia y acostándose. Preguntado el motivo que le indujera para no dar conocimiento de la estancia en dicho sitio de aquellos sujetos dijo: Que no lo hizo por temor a que le fuera a ocurrir algo, siendo todo ello cuanto tiene que decir.

A la vista de los datos que arrojaron las declaraciones prestadas y considerando el agente instructor del atestado que Pablo Cañuelo Cachinero, Luis Luna Cepas, Francisco Lara Ruiz, Jacinto Cano García y Miguel Cano García, podrían estar comprendidos como encubridores de los huidos rojos, toda vez que tuvieron tiempo suficiente de dar cuenta al destacamento de la guardia civil de la finca “La Onza”, con lo que se hubiera conseguido, posiblemente, la detención de los mismos, ya que la noche le hubiera favorecido por la luna que hacía y no dar tiempo a que transcurrieran tantas horas, para que se pusiesen los huidos fuera del alcance de la fuerza de la guardia civil y así, haber acatado las ordenes que le habían dado de no dar conocimiento hasta el día siguiente, y además, darse las circunstancias de que esto mismo, ya ocurrió en los primeros días de marzo, cuando estuvieron también comiendo en la mina, como también en la casa de los padres de Jacinto y Miguel Cano, al sitio de “Valcerradillo”, la que frecuentaban con bastante asiduidad, por cuya razon se encontraba detenido en Montoro, el padre de los mismos, llamado Jacinto Cano Asencio, es por lo que, es de sospechar estén en contacto con los huidos, procediéndose por tanto, también a su detención a los efectos que en justicia procedan.

El atestado levantado, fue entregado en el Juzgado Militar habilitado en Cardeña, a las 10 horas el día 20 de mayo de 1940, junto con las cinco personas detenidas, haciéndose cargo posteriormente el Juzgado Militar de Montoro a partir del 26 de agosto de dicho año, interesando unir a la causa información sobre los detenidos, emitiendo informe tanto la Delegación Local de Falange, como el Ayuntamiento y guardia civil de Montoro, en el sentido de que eran personas que habían observado buena conducta, careciendo de antecedentes políticos.

Por Pablo Cañuelo Cachinero, fue presentado aval el 15 de julio de 1940, suscrito por los vecinos de Cardeña (Córdoba), Miguel Redondo Vélez y Juan Olmo García, quienes en el escrito que firman ambos, hacen constar que no le conocieron actividad política durante el transcurso del Glorioso Alzamiento Nacional. Con anterioridad a éste, reveló su ideario derechista, causa ésta, por la que, al solicitar su ingreso en la llamada Unión Sindical Obrera, con el propósito de documentarse para su seguridad personal, le fue revocada dicha solicitud por “ser criado de los fascistas”, mereciéndoles a los que suscriben, el concepto, de una persona de orden. Estos mismos y con fecha del día siguiente 16, presentaron otro aval en favor de Luis Luna Cepas, en el sentido de que le constaban que era persona a la que no le conocieron actividades políticas de clase alguna, permaneciendo en todo momento alejado de aquellas, al producirse el Glorioso Alzamiento Nacional Salvador de España, sin militar en partido político de ninguna clase, se afilió a la denominada Unión Sindical Obrera a la que perteneció como un simple socio.

Ruinas de la mina "Huerta del Abad"

El 19 de diciembre de 1940, compareció como testigo ante el Juzgado de Instrucción nº 12 en Córdoba, al que pasaron todas las actuaciones, el que dijo llamarse Matías Delgado Cantarero, de 60 años de edad, casado, industrial, natural y vecino de Montoro, domiciliado en Plaza de España nº 18, quien manifestó: Que conocía a Jacinto Cano García a) Botas, por tener el dicente un establecimiento de bebidas y ser el Jacinto Cano cliente suyo. Añadiendo que, por vivir el encartado en la Sierra, venía al pueblo de Montoro, de muy tarde en tarde, no habiendo tomado parte en ninguno de los actos que con carácter izquierdista en esta se produjeron con anterioridad al G. Alzamiento Nacional, teniéndolo como buena persona, de buenos antecedentes y conducta. Que el antes dicho Movimiento le sorprendió al que declara en Sevilla, regresando inmediatamente que este pueblo fue liberado y hasta la fecha no ha oído decir que tan repetido Jacinto Cano García a) Botas, cometiera ningún delito contra personas o cosas, ni contra el supradicho Movimiento Nacional.

El mismo día también declaró Joaquín Calancha Sánchez, casado, industrial, natural y vecino de Montoro, domiciliado en calle Olivares nº 1 y dijo: Que conocía a FRANCISCO LARA RUIZ, del cual puede decir se trata de un individuo que siempre observo buena conducta. Que hasta el 18 de julio de 1936, puede garantizar que no intervino en nada relacionado con asuntos políticos. Que cuando el G. Alzamiento Nacional se produjo, el dicente se hallaba enfermo en cama, en donde estuvo varios meses ignorando lo que en Montoro ocurriera, no habiendo oído después de la liberación de España, que durante el periodo rojo, tomara parte en ningún delito contra personas o cosas, ni contra el repetido G. Alzamiento Nacional. Que sabe que los rojos en una finca del Banco Hipotecario de España, la que lleva en arrendamiento don Eugenio Veredas Ostos, llegaron, obligando al casero de la misma que matara una red propiedad de dicho Señor, la cual se comieron obligando también al FRANCISCO LARA RUIZ, al cortijero y a otros más que allí había de la finca, a que compartieran con ellos la comida.

El testigo Antonio Sánchez Madueño, también presto declaración aquel día ante el Juez Instructor en Córdoba, diciendo que tenía la edad de 65 años, casado, labrador, natural y vecino de Montoro, domiciliado en calle San Miguel nº 5, manifestando: Que si bien conoce a JACINTO CANO GARCIA a) BOTAS, desde hace muchos años, nunca tuvo trato con él, ignorando la significación política que este individuo pudiera tener como así mismo, si ha intervenido durante el dominio rojo, contra la causa Nacional. Que en ocasión del declarante haberse encontrado con el encartado, con motivo de la evacuación, en la Finca llamada “Garci-Gómez” de este término municipal, puede asegurar que en los 5 meses que estuvieron juntos, observó se trataba de buen muchacho. Hace constar que ha cometido un error al decir evacuación, que se refiere al terminar la guerra. Preguntado para que diga si el encartado antes referido no fue invitado por una partida de rojos huida en la sierra, para que comiera carne de una vaca robada a Eugenio Veredas Ostos, dijo: Que ignora los extremos que se le pregunta.

También prestó declaración en aquella ocasión, quien dijo llamarse Juan Aljama González, casado, empleado, natural y vecino de Montoro, domiciliado en calle Marín nº 22, el cual dijo: Que conocía perfectamente a PABLO CAÑUELO CACHINERO, pudiendo decir se trata de un individuo que siempre observó buena conducta, elemento de derechas sin que se metiese en nada durante la dominación roja. Que sabe por el mismo encartado, que en cierta ocasión los rojos huidos en la sierra, llegaron al caserío donde él habitaba con sus familiares, obligándole a que les diera de comer. Que sabe también que el tal PABLO CAÑUELO CACHINERO, dio parte de este hecho a la Guardia Civil de Montoro. Que puede garantizarlo como persona que siempre fue de orden.

Finca "Arroyo Molino"

Otro declarante en el proceso fue Miguel Cobo Cobo, de 38 años de edad, casado, agente comercial, natural y vecino de Montoro, domiciliado en calle Santos Isasa nº 33, quien manifestó: Que conocía a PABLO CAÑUELO CACHINERO desde hace muchos años, pudiendo decir que este sujeto nunca se mezcló en asuntos políticos, observando siempre buena conducta. Que cuando se produjo el Glorioso Movimiento Nacional, siguió sin mezclarse en nada, solamente dedicado a la guardería de las fincas del Banco Hipotecario de España y que precisamente por estar en la sierra cuando la evacuación de Montoro por los rojos, este individuo quedó en zona dominada por ellos, sin que se sepa que en dicha zona interviniera en actos contra personas o cosas, ni contra repetido Movimiento Nacional. Que una vez que la guerra se acabó, este individuo se reintegro a su oficio de guarda de dichas fincas y sabe que un grupo de rojos huidos en la sierra, llevaron a la finca una becerra para que se la arreglaran y comérsela, invitando al Pablo Cañuelo Cachinero, cortijero y demás personal de la finca que compartieran con ellos la comida, no tenido más remedio que aceptar. Que es todo cuanto puede decir respeto de Cañuelo. También presto declaración respecto del otro imputado llamado FRANCISCO LARA RUIZ, de quien dijo que era individuo que siempre observo una inmejorable conducta, moralidad indiscutible, sin que nunca se mezclara en nada relacionado con política, ya que siempre se mantuvo al margen de estas cosas. Que lo único que se ha dicho de este muchacho, es que un grupo de rojos huido de la sierra, fueron a la finca donde trabajaba y después de obligar a los caseros que les arreglaran la carne que llevaban, invitaron a los que allí estaban a que comieran con ellos, cosa que no tuvieron más remedio que aceptar, para evitar que cometiesen alguna barbaridad, ya que estos individuos iban todos armados. Que durante el Glorioso Movimiento y después, observo siempre la misma buena conducta que en todo momento se le vio alejado de los elementos izquierdistas. Que no tiene nada más que decir.

Ruinas de casa donde habitaban los trabajadores en "Mina Huerta del Abad"

Tras el anterior, declara en la misma fecha, Dionisio Santias Canales de 45 años de edad, casado, propietario, natural y vecino de Montoro, domiciliado en calle Concepción nº 4 y en relación con los hechos, manifestó: Que conoce perfectamente a PABLO CAÑUELO CACHINERO, pudiendo decir se trata de un individuo de inmejorable conducta, elemento de derechas sin que nunca se metiera en asuntos políticos. Que tenía trato directamente con el encartado porque el dicente era encargado del Banco Hipotecario y el Pablo Cañuelo Cachinero, guarda de las fincas del mismo Banco. Que una vez que se produjo el G. Alzamiento Nacional, el encartado en este procedimiento siguió observando la misma buena conducta, hasta que Montoro fue liberado, que por coger al dicente en Montoro y al PABLO CAÑUELO en la sierra, quedó en zona dominada por los rojos ignorando lo que pueda haber hecho en repetida zona. Que sabe que unos rojos huidos en la sierra, fueron a la finca que lleva en arriendo don Eugenio Veredas, obligando a Pablo Cañuelo, cortijero y demás sirvientes a que matara, digo a que le arreglasen una becerra para comérsela, obligándole a la vez a compartir con ellos la comida. Que el encartado dio parte de este hecho a la Guardia Civil de Montoro. Que no tiene nada más que decir.

Al día siguiente, osea el 20 de diciembre de 1940, declara como testigo Pedro González Majuelos, de 48 años de edad, casado, industrial, natural y vecino de Montoro, domiciliado en calle Calvario nº 2 y dijo: Que conocía a Jacinto Cano García, pudiendo decir de este sujeto, si bien de izquierdas, fue siempre elemento moderado sin que nunca interviniera en nada relacionado con cuestiones políticas. Que siempre vivió en la sierra, donde tenía su trabajo y que, de tarde en tarde, venía al pueblo para proveerse de comestibles, ropa, etc. etc. Que cuando el Glorioso Movimiento Nacional se produjo, este sujeto siguió sin meterse en nada, ni después ha oído decir a nadie, que haya intervenido ni cometido ningún delito contra personas o cosas. Que ha oído decir que los rojos huidos de la sierra, se presentaron en la finca donde el encartado estaba y que dieron a los caseros un trozo de carne para que se lo arreglaran para comer y que los rojos obligaron a este y a los demás que en la finca había, a que comieran con ellos. Que siempre lo ha tenido como una buena persona. También, presto declaración respecto de Miguel Cano García, cabrero de la finca “Garci-Gómez”, primero, y después, en la finca “Huerta Labar”, teniéndolo como buen muchacho, sin que nunca se moviera en nada relacionado con política, ni antes, ni durante el Glorioso Movimiento Nacional. Que estaba con su padre Jacinto Cano en la misma finca, cuando se presentaron los rojos huidos de la sierra, con carne de una res que habían quitado a D. Eugenio Veredas para que los caseros se la arreglaran, para comérsela y que invitaron a comer con ellos a los que allí había. Igualmente prestó declaración en relación con el imputado PABLO CAÑUELO CACHINERO, respecto del que declaró: Que estaba agradecido a este sujeto, por los buenos servicios que durante el dominio rojo le prestó, ya que el declarante se marcho al campo con sus familiares, para evitar se metieran con él, ofreciéndole el encartado la casa y también, para evitar que vieran al dicente en el pueblo, se ofreció el Pablo Cañuelo a venir a por comida. Que siempre fue buena persona, votando siempre por las derechas y sin que nunca se metiera en nada relacionado con política, ni antes, ni durante el Glorioso Movimiento Nacional. Que le cogió en la finca, cuando unos rojos huidos fueron a que los caseros les preparara la comida con un trozo de carne, que llevaban y que invitaron a todos los que allí estaban a que comieran con ellos, cosa que no tuvieron más remedio que hacer, porque iban armados. Que, por ser buena persona, no puede hablar más que bien de él.

Entrada a la mina "Huerta del Abad"

 Por último, declaro el día 20 de diciembre de 1940, Eugenio Veredas Ostos, de 51 años, casado, natural de Écija, comandante de infantería, domiciliado en Montoro en calle Calvo Sotelo nº 1[2], quien manifestó: Que conocía perfectamente a FRANCISCO LARA RUIZ, pudiendo decir de este individuo, se trata de un elemento que nunca se significó en nada relacionado en cuestiones políticas, teniéndolo siempre por un honrado trabajador y fiel cumplidor de sus deberes. Que estaba como vaquero en una finca del declarante y que sabe por el mismo encartado, que vino a darle conocimiento del hecho, que unos rojos huidos de la sierra, se presentaron en repetida finca y después de matar una becerra, también propiedad del dicente, obligaron a los caseros a que se la preparasen para comérsela, cosa que los caseros no tuvieron más remedio que hacer, por tratarse de unos individuos que ya han cometido muchas fechorías en la sierra y además estar todos armados. Que una vez que la carne estuvo guisada, también obligaron a todos los hombres que en la finca había, que comiesen con ellos, por si la carne tenía algo malo.

A la vista de los hechos y de las declaraciones que prestaron los testigos, el Juez propuso la libertad provisional de todos los encartados y en ese sentido, el auditor de guerra informó con fecha 5 de marzo de 1941, que procedía la libertad propuesta, la que se llevó a efecto el 10 de febrero de dicho año.

Una vez en libertad, el Juez volvió a realizar una nueva ronda de declaraciones el 11 de marzo de 1941, haciéndolo en primer lugar Pablo Cañuelo Cachinero, domiciliado en Montoro en calle Puente nº 35, el que manifestó que cuando atardecía se dirigía a recoger una yegua que tenía pastando, cuando de pronto se vio sorprendido por cuatro individuos armados de fusiles, los cuales, le dijeron que tenía que freírle una poca de carne que traían, entonces ellos vieron venir al vaquero y le dijeron “mañana pasa lista porque te va a faltar un novillo que hemos matado”. Que conducidos por los cuatro individuos se dirigieron a la finca y cuando llegaron, dos de ellos se quedaron en la puerta haciendo guardia y los dos restantes, entraron dentro donde empezaron a mandar cortar la carne y como quiera que el dicente tenía a su mujer enferma, una hija suya les estuvo poniendo los avíos de guisar. Que mientras se hacía la carne que ellos tenían que comerse, los empleados de la finca se comieron su comida, osea cocido, y al terminar y cuando ya estaba guisada la carne, fueron obligados por ellos a comer, entonces el dicente les dijo que ellos ya habían comido, no obstante, esto, fueron contestados por los cuatro individuos diciéndoles, que ellos tenían costumbre de que donde llegaban comieran con ellos, no teniendo entonces más remedio que comer. Que como quiera que su dicha hija tenía una medalla colgándole en el pecho, uno de los individuos le dijo “que aquello tenía que quitárselo muy pronto porque asimismo pronto también estarían ellos en su casa, porque esto iba a cambiar”.  Que anteriormente había sido asaltada dicha finca por nueve individuos y que, de estos cuatro, tres habían venido con los nueve, pero que conocer, no conocía a ninguno.

Después declaro Francisco Lara Ruiz, domiciliado en Montoro en calle Santiago nº 18, quien manifestó que como tenían ordenado por la guardia civil, todos los empleados al anochecer debían retirarse de las fincas, por lo que en cumplimiento de ello, el día de los hechos el declarante marchaba para el cortijo denominado “Remolino”, cuando al llegar a una vereda que baja del monte se encontró de pronto con cuatro individuos armados de fusiles, los cuales le dieron el alto, preguntándoles que quién era, el dicente les dijo que era el ganadero de la finca que a pocos metros se veía, diciéndole entonces los cuatro individuos que habían cogido un novillo y que lo habían matado, conduciéndolo para la finca, en donde al llegar le obligaron a todos los que allí había a que guisaran carne del novillo antes mencionado y una vez que esta estuvo guisada, les obligaron también a comer, no por la fuerza, si no que todos asustados por la presencia de los huidos, hicieron cuanto les dijeron. Del cortijo no se llevaron nada, solamente después de comer les dijeron, que no dieran parte hasta el otro día, porque antes les podía ocurrir algo. Al día siguiente, en cuanto amaneció, se personaron los cinco que allí había, dando cuenta de cuanto les había ocurrido y después de recibirles declaración, los ingresaron en la cárcel.

Casa en ruina de los trabajadores de la finca "Arroyo Molino"

El último en declarar, fue Luis Luna Cepas, domiciliado en la calle Real nº 27 de Cardeña, quien dijo: Que como jornalero, se encontraba el día de los hechos trabajando en la finca “Arroyo Molino” o “Remolino”, cuando al atardecer se dirigía a recogerse a la finca, después de terminada su jornada diaria, fue sorprendido a unos cuatrocientos metros de la finca, por cuatro individuos desconocido que iban armados de fusiles, los que le preguntaron si iba la guardia civil por aquella finca, contestándole el dicente que con mucha frecuencia, entonces le preguntaron que cuantos hombres habían en la finca, contestándole que además de él, había dos o tres familias. Que entonces continuó andando con los individuos detrás, en dirección a la finca, cuando al llegar a unos cien metros aproximadamente de la misma, se juntaron con su cuñado Pablo Cañuelo Cachinero y el vaquero, que también llegaban en aquellos momentos, diciéndole a este que pasara lista a las vacas, porque habían matado una. Que con los individuos detrás continuaron para el caserío y al llegar a él, se quedaron dos en la puerta de guardia y otros dos entraron, empezando a guisar un poco de carne que llevaban y la que obligaron, la arreglara una hija de su cuñado. Que mientras se aviaba la carne, el dicente con los demás empleados de dicha finca estuvieron comiendo su comida, pero cuando terminaron fueron obligados por los cuatro individuos a acompañarles a comerse la carne.

Por auto de 18 de marzo de 1941, el Juez propone a la auditoria de guerra de la Región Militar, el sobreseimiento y archivo de la causa al considerar que los encartados, no habían cometido hechos delictivos de clase alguna.

El auditor de guerra emite informe con fecha 9 de junio de 1941, accediendo al sobreseimiento provisional, al no aparecer suficientemente probado la comisión de hechos que pudieran ser constitutivos de delito.

El 9 de julio de 1941, el Capitán General de la Segunda Región Militar don Miguel Ponte y Manso de Zúñiga, prestó su conformidad al sobreseimiento provisional y archivo de la causa, imponiendo a cada uno de los cinco imputados una multa de 500 pesetas, sin que conste, por qué motivo les sancionó.

Pablo Cañuelo y los hermanos Miguel y Jacinto Cano, abonaron la multa en papel de pagos al Estado, con fecha 29 de septiembre de 1941; Luis Luna Cepas, abona la multa impuesta mediante el correspondiente papel de pagos al Estado, el 3 de marzo de 1942; y el otro encartado Francisco Lara Ruiz, tras presentar escrito interesando que se le declarase insolvente por carecer de metálico y de patrimonio, una vez que se le abrió la correspondiente pieza para averiguar su capacidad patrimonial, arrojó esta como resultado que el mismo era insolvente, por lo que, con fecha 20 de marzo de 1943 el auditor de guerra de Sevilla, solicitó el archivo de la causa, al declarar insolvente a Francisco Lara Ruiz. Quedando desde entonces la causa archivada sin más trámite[3].



[1] Esta mina es conocida en Montoro, como “Mina de la Huerta Lavá”, aunque en realidad el paraje es denominado oficialmente “Huerta del Abad” ubicado en la finca “Arroyo Molino” en las proximidades de "Garci-Gómez" y la "Dehesa de la Chaparrera". Se trata de un lugar de alto interés histórico y minero, caracterizado por albergar vestigios de antiguas explotaciones, principalmente de plomo y cobre. Hacia el año 1900, se registró la explotación de una mina de plomo en este sitio.

[2] Actual Calle El Santo de Montoro (Córdoba).

[3] Lo relatado con anterioridad esta sacado de los antecedentes obrantes en el Proceso Sumario instruido primeramente por el Juez de Instrucción Militar de Montoro y posteriormente inhibido en favor del Juzgado de Instrucción Militar nº 12 de Córdoba, estando narraciones copiadas literalmente con lo que consta en el Sumario.


viernes, 1 de mayo de 2026

CAPITULO V: ROBO EN LA FINCA "MOLINA MILLA" OCURRIDO EL 6 DE NOVIEMBRE DE 1940.

Finca "Molina de Milla" pago del Madroñal de Montoro

Sobre las 11:30 horas del día 7 de noviembre de 1940, comparece en la casa-cuartel de la guardia civil de Montoro, ante el alférez de la segunda compañía de la Comandancia de Córdoba Moisés Gómez García, jefe de la línea establecida en dicha localidad, el que dijo llamarse Bartolomé Pavón Mazuelas, de 26 años de edad, de estado casado, de oficio labrador, natural y vecino de Montoro, con domicilio en la calle Pino nº 1, manifestando que en la actualidad lleva con su padre en arrendamiento la finca denominada la “Molina de Milla” de este término municipal y que sobre las diez y siete horas del día de ayer, se presentaron en dicha finca cinco hombre armados de fusiles y pistolas y algunos también llevaban bombas de mano, entrando en el caserío tres de dichos sujetos, encañonando a su madre Ana María Mazuelas Ruano, a su cuñada Dolores Pleguezuelos Pleguezuelos y a su esposa Manuela Terrín Cañas que eran las únicas que se encontraban, los otros dos individuos, uno se quedó en la puerta del edificio y el otro, en la puerta trasera del mismo. Los que entraron, uno se quedó en la puerta, otro encañonando a las mujeres y el otro, obligó a su madre a que le acompañara a registrar la casa, estando efectuando el registro, el declarante que ajeno a lo que ocurría en su casa regresaba del trabajo, fue encañonado por el que había en la puerta y obligado después de ser cacheado a entrar dentro donde se hallaba su esposa y cuñada, cuando ya habían apartado todo lo que se han llevado, pidieron caballerías a lo que respondieron que no tenían ninguna, los ladrones se marcharon al cortijo inmediato denominado “Frasquita Baena”, trayendo al poco rato dos caballerías de dicha finca, cargando todo lo que habían apartado que es lo siguiente: Diez kilos de harina, veinticinco kilos de garbanzos, dos pantalones, uno oscuro y otro con pinzas, tres camisetas, dos blusas, unos veinte kilos de pan de trigo, dos costales vacíos, una arroba de anís, una camisa azul y otras cosas chicas que por su poca importancia no recuerda. Las señas de los individuos, uno es fino, llevaba pantalón de pana con polainas, guerrera kaki, representando unos treinta años, otro bajo grueso también con calzón y polaina y americana negra, representaba unos treinta años, todos cubiertos con gorras, las señas de los tres restantes no puede precisarla, marchándose sobre las veintiuna horas con lo robado en dirección del río “Martín Gonzalo”, encerrándolos a todos en el molino en el momento de marcharse y diciéndoles que no salieran hasta la mañana siguiente, haciendo constar que de los tres que entraron en la casa dos fueron los que se marcharon al cortijo de Baena a por las caballerías, quedándose el otro encañonando al declarante y familia, quedándose también los dos que hacían la vigilancia exterior del edificio, siendo esto cuanto tiene que manifestar. 

Seguidamente el alférez que instruye el atestado, salió para la practica de diligencias con otros agentes de la guardia civil en dirección al lugar de los hechos, donde llegaron sobre las trece horas, comprobando la veracidad de la denuncia e interrogando a la amenazada Ana María Mazuelas Ruano, la que hace idénticas manifestaciones que su hijo en la denuncia. Después se trasladó al molino denominado “Frasquita Baena” del término municipal de Montoro, procediendo a la interrogación del casero de aquel lugar, llamado Francisco Terrín Mesa, de 40 años de edad, de estado casado, natural y vecino de Montoro, con domicilio en Bartolomé Benítez Romero número 15, el cual manifestó que sobre las diez y ocho horas del día de ayer, regresaba al cortijo procedente del pueblo, trayendo unas cuantas cosas con dos caballerías y cuando estaba descargando se le presentaron tres individuos armados de fusil y pistola, quedándose dos en la puerta y entrando uno con pistola en mano, poniéndolo manos arriba y preguntándole si tenía algo para comer, contestándole negativamente, en este momento el perro del cortijo empezó a ladrar haciéndole el ladrón un disparo de pistola, hiriéndolo en una mano al animal. Como no tenían comida, entonces se llevaron las dos caballerías que se las llevaron aparejadas, marchándose seguidamente, si bien, le dijeron que no saliera nadie del caserío ni abriera la puerta, hasta el día siguiente a las nueve de la mañana, siendo eso cuanto tiene que decir.

A continuación el alférez instructor del atestado, junto con la fuerza de la guardia civil que le acompañaba, procedió a dar una extensa batida por todo el río Martín Gonzalo, registrando todos los lagares y caseríos inmediatos a dicho río, yendo hasta la altura de la “Cruz del Cabrero”, batiendo y reconociendo el camino de la “Onza”, haciendo un apostadero hasta las veinticuatro horas en el cruce de dicho camino con el de la “Confitera”, retirándose a dicha hora a la “Molina de Plaza”, donde se pernoctó; saliéndose, a las seis hora de la mencionada finca y seguidamente registrando la “Loma Garijo”, “Francisco Cañas”, “Casería Pajiza”, “Molino de don José Molina”, “Doña Pepa”, “Las Monjas”, “Las Pozas”, “Calcula”, “Martín Molina”, “Fraguas del Madroñal”, “Los Cárdenes Altos” y los “Bajos”, “Mohinos”, "Valdelobillos”, “San Fernando”, “La Palmilla Alta” y la “Baja”, regresando al puesto de la cabecera de la circunscripción de la guardia civil, sin resultado alguno, no obstante continuarían las gestiones, de las que se darían cuenta, en caso favorable. Quedando cerrado el atestado, en la ciudad de Montoro a las veinte horas del ocho de noviembre de mil novecientos cuarenta.

El atestado tuvo entrada en el juzgado el 11 del mes y año antes referido y se procedió a la incoación del sumario correspondiente y con fecha 20 siguiente, se acordó oficiar al comandante de puesto de la guardia civil de Montoro, para que procediera a la busca y captura de los presuntos autores del robo.

El 22 de enero de 1941, el comandante de puesto de Montoro, Nicolás Parra Momblan, contesta al encargo recibido del juzgado en el sentido de que se habían practicado por el que suscribe y fuerza del puesto de Montoro, las gestiones que en el oficio se interesaban, para la busca y captura de cinco individuos que cometieron el robo a mano armada en la finca “Molina Milla”, hasta la fecha no han sido habidos en esta demarcación y se ignora el paradero de los mismos, significándole que se continúan y de obtener resultado alguno favorable, en su día se dará cuenta oportuna a su autoridad.

El 6 de mayo de 1942, se remite oficio a la guardia civil de Montoro y en cumplimiento de lo requerido en el mismo, el comandante de puesto Antonio Bellido Montilla, emite informe con fecha 20 siguiente, reiterando lo recogido en los anteriores, osea, el resultado infructuoso de las gestiones realizadas, tendentes a averiguar la identidad y paradero de los posibles autores de los hechos. Por cuyo motivo, se acordó por providencia de 17 de junio de 1942, llamar por requisitoria, publicada en el B.O.P. de Córdoba número 155 de fecha 1 de julio de dicho año, a los autores del robo, del tenor literal siguiente:

Por medio de Diligencia de fecha 16 de julio de 1942, al no comparecer los autores en el plazo concedido de quince días, fueron declarados en rebeldía, y fue remitida la causa a la Capitanía General en Sevilla. El auditor de guerra de la capitanía general de la segunda región militar con sede en Sevilla, con fecha 13 de noviembre de 1942, emitió escrito en el que se recogía que el día 6 de noviembre de 1940, unos desconocidos saquearon la finca conocida por "Molina de Milla" enclavada en el término municipal de Montoro (Córdoba), sin que de las diligencias practicadas se haya llegado a conocer los autores del hecho perseguido, por lo que procede decretar el sobreseimiento provisional de esta causa, con arregla al número 2 del artículo 538 del Código de Justicia Militar.

Sobreseimiento provisional que fue acordado por el Capitan General con fecha 24 de noviembre de 1942, acordándose el archivo del sumario, sin más trámite, el 25 de enero de 1943. (1)

TANTO ESTE CAPITULO COMO LOS ANTERIORES PUEDES VERLOS VISITANDO EL SIGUIENTE BLOG:

https://torosenmontoro.blogspot.com/

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(1) Lo expresado anteriormente, se deduce de lo contenido en el sumario, instruido por el Juzgado Militar de Instrucción nº 6 de Córdoba, siendo algunas citas copiadas literalmente del mismo.

 

lunes, 27 de abril de 2026

CAPITULO IV: ROBO EN LA FINCA "LA LAGUNA" OCURRIDO EL DIA 14 DE OCTUBRE DE 1940

Casa de la Finca "La Laguna" Fuente: Pasión por Montoro

El 15 de octubre de 1940, sobre las nueve de la mañana, se personó en la casa-cuartel de la guardia civil de Montoro, ante Moisés Gómez García alférez jefe de la línea establecida en dicha ciudad, perteneciente a la segunda compañía de la comandancia de Córdoba, quien dijo ser y llamarse Domingo Cerezo Lara, mayor de edad, casado, del campo, natural y vecino de Montoro, domiciliado en la calle Llana número 10, denunciando que sobre las diez y siete y treinta horas del día anterior, en el Cortijo “La Laguna” del término de Montoro y propiedad del compareciente, se presentaron cuatro individuos desconocidos, vestidos con ropa de campo tres, y uno de militar, pareciéndoles de la parte de Cardeña, por su forma de hablar, preguntándole por el dueño y como le dijera que estaba en el pueblo, empezaron a registrar la casa, amenazándole con las armas consistentes en tres fusiles rusos o checos, pistolas del nueve largo al pecho, de edad aproximada entre treinta a cuarenta años y se llevaron dos costales con harina, una fanega de garbanzos, unos zapatos de campo, una cántara llena de aceite y una garrafa o cantimplora de latón con media arroba de igual líquido todo en un mulo que después apareció en las inmediaciones de la finca a la mañana siguiente. Que la hora que se marcharon fue sobre las veinte, ignorando la dirección que pudieran haber tomado, haciéndoles la advertencia de que no dijera nada a nadie.

Por medio de diligencia se exponen las actuaciones de proceder, haciéndose constar que habiéndose dicho que la dicción de los huidos podía ser la propia de personas de la localidad limítrofe de Cardeña, se dispuso por el alférez de la guardia civil Gómez García, el correspondiente reconocimiento por los lugares sospechosos en los contornos del lugar de la ocurrencia de los hechos, sin que a pesar de haber desplegado el máximo de actividad, se hubiera conseguido en aquel momento el menor indicio o vestigio que pueda llevar al esclarecimiento de los hechos, continuándose la práctica de diligencias.

El atestado levantado al efecto, es entregado en Córdoba, a la autoridad judicial el 26 de octubre de 1940, correspondiéndole la instrucción al Juez-Capitán de Caballería don Luis Velasco Arenas, el que inmediatamente remitió oficio al Comandante de Puesto de la Guardia Civil de Montoro, interesando la busca y captura de los cuatro individuos autores de los hechos.

El 22 de enero de 1941, por medio de oficio contesta el comandante de puesto de la guardia civil de Montoro, Nicolás Parra, en el sentido siguiente: Que se han practicado por el que suscribe y fuerzas de este Puesto las gestiones que en el mismo se interesan para la busca y captura de los autores del robo a mano armada en la finca “La Laguna” y hasta la fecha no han sido habidos en esta demarcación y se ignora el paradero de los mismos significándole que se continúa y de obtener resultado alguno favorable en su día dará cuenta oportuna a su autoridad.

El 19 de mayo de 1941, el Juez Velasco Arenas vuelve a reiterar al Jefe de la Línea de la Guardia Civil de Montoro, la realización de nuevas diligencias en averiguación del paradero de los individuos que cometieron el hecho y caso de ser habidos, verificar su detención, solicitándose asimismo que las autoridades locales de Montoro, informen sobre los individuos que aparecen en el atestado de la guardia civil. En contestación a este requerimiento, constan unidos al sumario dos oficios, uno de fecha 7 de junio de 1941 de la guardia civil de Montoro, informando que no han dado resultado positivo las diligencias practicadas para la identificación y detención de los autores, indicando que continúan con las mismas y darán cuenta, en caso favorable, y un segundo oficio, procedente de la Delegación Local de Falange de dicha población, informando que el denunciante Domingo Cerezo Lara, carece de antecedentes políticos, habiendo observado siempre buena conducta.

El 20 de mayo de 1942, la guardia civil de Montoro, en cumplimiento de un nuevo requerimiento, reitera el resultado negativo de las actuaciones que llevan a cabo, como se hace constar en el anterior párrafo. Por lo que por providencia de 2 de junio del mismo año, el Juez Velasco Arenas acuerda publicar requisitoria en el Boletín Oficial de la Provincia, interesando la comparecencia ante el Juzgado, de los individuos que llevaron a cabo el hecho delictivo, publicándose a tal efecto edicto en dicho periódico oficial nº 142 de 16 de junio de 1942, del tenor literal siguiente:

Una vez unido al procedimiento un ejemplar del BOP de Córdoba, donde consta inserta la requisitoria, con fecha 6 de julio de 1942, se dictó diligencia declarando la rebeldía de los autores de robo en la finca “La Laguna”, remitiendo el sumario al Capitán General de Sevilla, quien a su vez interesa informe del Auditor de Guerra de la Segunda Región Militar, el cual informa en el sentido de que habiéndose cometido un delito, del que no es posible acusar a personas determinadas, procede acordar el sobreseimiento provisional de la causa, conforme al nª 2 del art. 538 del Código de Justicia Militar. Acordándose dicho sobreseimiento por el Capitán General de la Segunda Región Militar con fecha 27 de octubre de 1942. Quedando archivado referido Sumario nº 1340/1940, hasta nuestros días[1].

 



[1] Para la elaboración de este trabajo se ha tenido en cuenta lo que obra en el Sumario instruido por el Juzgado Militar nº 12 con sede en Córdoba, estando algunas expresiones recogidas literalmente, conforme en el mismo consta.