miércoles, 27 de mayo de 2026

CAPITULO IX: ROBO EN EL VENTORRILLO DE CASILLAS OCURRIDO EL 9 DE OCTUBRE DE 1940.

Ventorrillo de Casillas de Velasco

En el cuartel de la guardia civil de Montoro, se tuvo conocimiento de que sobre las dieciocho horas del día 9 de octubre de 1940, fue asaltado por cuatro individuos armados el “Ventorrillo de Casillas”, propiedad del vecino de Montoro, Alfonso Cabello Fernández, sustrayendo los autores un caballo castaño con lucero en la frente propiedad de dicho señor, ataviado con su aparejo, el cual cargaron con dos sacos de harina, dos trajes marrones alistados, dos chalecos nuevos, dos pellizas, dos camisetas de pelo, tres pares de calzones con botones en los perniles, seis camisetas de caballero, una docena de pañuelos entre ellos uno con lista morada muy ancha, cinco pares de calcetines, tres camisetas de hilo, un par de toallas, cinco pares de medias de hilo claro, tres pares de medias de canuto de color, dos paños de cama, uno color rosa y otro blanco, tres mantas, un almohadón con listas a cuadros de colores verdes encarnados y amarillos, dos camisetas afelpadas abiertas de arriba abajo, una boina azul, un par de guantes de cabritilla, tres pares de tijeras, seis máquinas de afeitar, seis navajas, una arroba de fideos amarillos, una caja de inyecciones para paludismo, cinco cajas de quina, un bote de gasas esterilizadas, unos rollos de gasa esterilizada, un millar de carterillas de azafrán y pimienta, una docena de botellas de cerveza “La Mezquita”[1], cinco botellas de coñac “González Byas”, una linterna de petaca, seis cuchillos, seis tenedores, un par de alicates, una caja de botones finos, media docena de botones de nácar, dos cajas de hijo blanco y negro, una gruesa de horquillas, tres ovillos de cáñamo, varios metros de lana amarilla, una cartera de Ubrique, otra cartera de cocodrilo, un reloj de pulsera cuadrado de níquel, un vaso de níquel plegable, una bota de vino de tres litros, seis kilos de azúcar, una talega con tres kilos de arroz, dos sacos de harina, una escopeta de dos cañones con fuego central, calibre 16, marca “Herradura” nº 12464, caja partida y unida con dos chapas y otros innumerables efectos sin detallar.

Botella y cartel anunciador de Cerveza La Mezquita

El 11 de octubre de 1940, Manuel Maillo Osuna, teniente de la comandancia de la guardia civil de Córdoba, jefe de línea de Lucena y en aquellos días concentrado en Sierra Morena prestando servicio como Jefe del Sector de Montoro, acompañado de cinco guardias y el auxiliar guardia segundo Manuel García Pagan, se personaron en el sitio denominado “Casillas” del término de Montoro, constituyéndose en el establecimiento de comestibles donde se había perpetrado el robo, procediendo a la interrogación del dueño del mismo el cual manifestó llamarse Alfonso Cabello Fernández, de 40 años, casado, natural y vecino de Montoro, con residencia en “Casillas”, el que en relación a los hechos dijo: Que sobre las 18 horas del día nueve del mes y año en curso, se presentaron cuatro sujetos armados de escopetas, rifle y pistola y que le obligaron a permanecer quieto en el mostrador de la tienda, empezando acto seguido a saquear tanto la referida tienda, como las dependencias particulares, llevándose las prendas y objetos que en su día reflejó en su denuncia y además los siguientes: Un cobertor inferior, tres pares de tijeras, una de ellas de peluquero, seis navajas de afeitar y seis máquinas de cortar el pelo, varios pares de sandalias de mujer, varios pares de alpargatas de goma, dos piezas de mosolina blanca morena, seis pares de medias negras, varias cajas de limonada fresca, docena y media de botellas de cerveza, cinco ovillos de hacer “grosé”, una cartera para el carnet, una bota de vino de tres litros, medalla y cadena de oro, unas sesenta piezas de pan con sello “Alfonso Cabello”, unas mil pesetas en billetes del Banco de España y calderilla. En su denuncia dijo que se había llevado una escopeta, cuando fueron dos escopetas de fuego central calibre 16, una de ellas con la caja partida por la garganta y arreglada con dos chapas de acero, y además, una pistola del nueve largo marca “Campo Giro”. Del horno se llevaron también, doscientas sesenta y cinco pesetas, un reloj de bolsillo con cadena todo de plata, un par de calcetines y dos pares de calzoncillos blancos, sacos y sogas, una yegua castaña marcada con el hierro “Peniz” y en una rodilla tiene una señal de haberle dado una succión. Este horno se encuentra situado a unos doscientos metros del lugar que nos ocupa, osea del ventorrillo, y lo lleva en arrendamiento el vecino de Montoro Manuel Rey Nieves de cuya propiedad es, lo que de este horno se recuenta. Añade que no pudo conocer a ninguno de los cuatro sujetos y que cree que en la calle había algunos más, pero que por sus ropas y sus trazas cree puedan tratarse de los fugitivos que se encuentran en la sierra. Que sus señas son: Uno de ellos de unos treinta años, con patillas bajas, viste calzón de montar y botas altas, otro de unos veintidós años con pantalón de pana y vendas en las piernas, lleva boina negra rota en la parte superior, el otro de unos treinta años de muy mal semblante. Que son cuantos detalles puede dar acerca de los referidos individuos, no teniendo nada más que manifestar.

Acto seguido el teniente Maillo, junto con el resto de agentes que le acompañaban, practicaron un reconocimiento por los lugares donde se podía sospechar pudieran encontrarse ocultos los autores del hecho, interrogando a cuantas personas fueron encontradas y visitando cuantas caserías existen en aquella parte de la sierra y se dio órdenes a los demás destacamentos, para que sin pérdida de tiempo se montara el servicio conveniente, para lograr averiguar el paradero de los que se persiguen y la captura de los mismos, dando por terminada las actuaciones y acordando la entrega de ellas a la autoridad judicial.

Unos días después, concretamente sobre las catorce horas del día 25 de octubre, el alférez jefe de la línea de la guardia civil de Montoro, Moisés Gómez García, por medio de un confidente tuvo conocimiento que el mulero de “Casillas” llamado Juan Calero Cánovas, el mismo día en que se cometió la sustracción, acompañó a dos de los asaltantes a la panadería existente en el lugar, ayudándoles a cargar dos sacos de harina en el caballo que habían robado al señor Cabello y les indicó a los mismos, cuando estos les comunicaron que necesitaban quinina por tener algunos compañeros con calentura, que el dueño del ventorro tenía en el mismo, ese tipo de medicina, por lo que volvieron de nuevo desde la panadería al ventorrillo y se llevaron cuanta quinina allí había.

A la vista de ello, el alférez Gómez, citó de comparecencia inmediata en la casa-cuartel de Montoro, al mulero Juan Calero Cánovas, de 47 años de edad, casado, natural y vecino de Montoro, domiciliado en el lugar donde trabaja en la finca “Casillas” propiedad de María Reyes Arroyo, a fin de oírle en declaración, manifestando que efectivamente fue acompañando a los rojos el día que cometieron el robo en la panadería, ayudándoles a cargar un saco grande de harina y que por su iniciativa, para hacer más fácil el transporte lo dividieron en dos, y lo cargaron en el caballo que también se llevaron, y como a la ida los rojos le dijeron que uno de ellos tenía calentura y que donde podrían hacerse de quinina, manifestándole él, que en el ventorrillo de Alfonso Cabello tenía, penetrando nuevamente en el ventorro, llevándose una caja de quinina, la única que había. Sigue diciendo, que unos convecinos llamados Pedro Cruz y un tal Tinahones, ambos herreros de profesión, vieron a los rojos que cometieron el robo el mismo día por la mañana, escondidos en un zarzal que existe en las inmediaciones del pilar, y que más tarde también los vieron ir un lindón hacia adelante y salieron del vallado marchándose hacia el barranco, en una palabra que los habían visto varias veces, durante el día, y que por la mañana uno de los rojos, estuvo en el ventorro comprando pan y latas de sardinas, que es lo único que tiene que decir al respecto.

Paraje de "Casillas de Velasco" a vista de dron.

Tras prestar declaración Juan Calero Cánovas, continuaron las pesquisas los agentes actuantes, recibiendo declaración a varias de las personas que habían tenido algún conocimiento del robo que se había cometido.

En primer lugar, se oye en declaración a Juan del Rosal Cañas, apodado “Tinahones”, de 29 años, viudo, natural de Montoro y domiciliado en la actualidad en “Casillas de Velasco” del término municipal de dicho pueblo, donde trabaja con su padre como herrero, diciendo, que el día nueve  de octubre de 1940, se encontraba trabajando y como a las once horas, observó como un individuo desconocido llegó al ventorrillo de Alfonso Cabello y compró seis latas de sardinas de las pequeñas y además un pan, marchándose después como en dirección de Adamuz, por la carretera. Este individuo iba vestido con un pantalón de pana lisa oscuro, una americana clara, un pañuelo blanco en el cuello y una mascota, zapatos de material con tachuelas, no volviéndolo a ver más, hasta por la noche cuando se presentaron cuatro individuos, únicos que él vio, y el mismo que había estado por la mañana comprando, con una escopeta de dos cañones en la mano, le dijo “manos arriba” y lo llevó al ventorrillo, donde el que lo había conducido, le hizo sentarse en un banco, mientras dos rojos más se hallaban saqueando el ventorrillo. Después le dijeron que ayudara a cargar una yegua de pan, lo que hizo, llevándose aquellos consigo, supone el declarante, unos veinte panes. Dice también, que ayudo a cargar el pan el mulero Juan Calero Cánovas. Que una vez terminaron de cargar, se bebieron los rojos cuatro botellas de cerveza, sacaron tabaco y les dieron para fumar a todos los presentes, incluido el manifestante, diciéndoles los rojos que se metieran en sus casas y no salieran, no fuera a ser que sus compañeros, les fuesen a dar un tiro, porque se hallaban vigilando aquellos alrededores. Preguntado si él vio a dichos individuos escondidos en unas zarzas que existen en las inmediaciones de referida finca “Casillas”, dice que no, como así mismo que no los vio saltar por ningún vallado ni nada, que solamente vio como ya ha dejado dicho anteriormente a uno por la mañana, cuando compró las sardinas y por la noche, cuando cometieron el robo, junto a otros tres que le acompañaban.

El siguiente en declarar fue Pedro de la Cruz Ruiz, de 43 años de edad, viudo, natural de Montoro y domiciliado en “Casillas de Velasco” de dicho término municipal, lugar donde trabaja como herrero, y en relación al delito objeto de investigación dijo que siendo las nueve o las diez de la mañana del nueve de octubre, y cuando se dirigía a la finca “San Nicolás” a dejar una traba de hierro, en compañía de un tal Jacinto Canales, casero del “Lagar de San Nicolás de don Bartolomé Sepúlveda”, al llegar al pilar que existe más abajo del ventorrillo de Casillas, observaron en la cerca denominada del “Majuelo”, como un individuo con mascota, al parecer de los rojos huidos en la sierra, huía, no queriendo dar la cara, entre la maleza del terreno, toda la cerca arriba. Entonces el manifestante le dijo al que le acompañaba, que aquel individuo que se ocultaba, no debería ser ninguna persona buena, contestándole el otro que seguramente sería algún individuo no muy bueno, cuando no quería dar la cara. En este sitio, osea en aquel pilar, dieron de beber a las caballerías que llevaban y continuaron camino de “San Nicolás”, separándose en el sitio llamado “Apartadero del Lagar del Cura”, en que el Jacinto Canales siguió para su domicilio y él para “San Nicolás”. Que regresó a “Casillas” sobre las catorce horas, y una vez en su domicilio le dijo su familia que había habido allí en el ventorrillo un individuo comprando unas latas de sardinas, que no les había gustado a los dueños del ventorrillo. Entonces se dirigió al ventorrillo de Alfonso Cabello, donde habló con él, cuando se hallaba liquidando cuentas con el panadero, y Alfonso le dijo, que si no había visto al individuo que había estado comprando las latas de sardinas, contestándole aquel que ojala hubiera estado allí para verlo, y hablando esto, se presentaron dos individuos armados cada uno de una pistola, tamaño grande, diciendo “manos arriba”, y al dueño del ventorrillo, que no se moviera que le pegaban un tiro, entrando otro individuo más con una escopeta colgada a la espalda y un rifle en las manos, penetrando uno de los dos primeros que llegaron, en las habitaciones seguido de la dueña y de su hermana Josefa de la Cruz Ruiz, que se encontraba allí. El otro primer individuo que entró en el ventorrillo, se quedo en la estantería saqueando cuanto allí había, y el tercero, que entró con la escopeta colgada a la espalda, rifle en mano, no dejaba de encañonar a los que allí nos encontrábamos. Cuando esto ocurría, se presentaron a tomar un vaso de vino un tal Pedro Vacas, que es casero de la Viuda de Cañas, el mulero que iba con dicho casero y un tal Pedro Hidalgo, los dos primeros domiciliados en el “Lagar de Molina” y el último en el “Molino Nuevo”, a los que el rojo que había en la puerta les hizo sentarse en el banco que allí hay y le dijo que no se movieran para nada. Ya que saquearon la casa, preguntaron que quién era el panadero, contestando el mismo, que era él, y le dijeron que cuantas caballerías había en la panadería, contestando que un caballo, diciéndole que los acompañaran, lo que hizo y también fue con ellos Juan Calero Cánovas. Que él se quedó en el ventorro, siendo el panadero, Juan Calero y los dos rojos los que se dirigieron a la panadería, donde cargaron un saco de harina, y luego se marcharon, diciéndoles antes de irse que se marcharan todos a sus casas. Manifiesta igualmente que también los rojos les dieron un cigarro y estuvieron fumando todos juntos. También dice que se encontraba allí el peón caminero, que estuvo hablando con los rojos y lo mismo fumo del tabaco que les dieron los rojos.

Tras las declaraciones se procedió a la detención de Juan Calero Cánovas y Juan del Rosal Cañas, por haber ayudado a los forajidos a cargar en caballerías lo robado, y a la detención de Pedro de la Cruz Ruiz, por haber visto la mañana del robo a uno de los autores, cuando trataba de esconderse entre la maleza y no ponerlo en conocimiento de la autoridad, como se le tenía muy recomendado al personal que habita en el campo.

"Casillas de Velasco" conforme vienes de Adamuz.

El 23 de enero de 1941, el Juez instructor se persona en la cárcel de Montoro y procede a oír en declaración a los detenidos por estos ellos, empezando por Juan del Rosal Cañas a) Tinahones, de 29 años, casado, natural de Montoro, herrero de profesión, domiciliado en Castillo de Julia nº 9 de Montoro, el que a las preguntas que se le formulan, manifiesta que antes de la guerra, no perteneció a ningún partido político siendo autónomo, durante la guerra se afilió al Sindicato de Artes e Industria afecto a la C.N.T., y que no tomó parte en ningún acto contra la causa nacional. Que el 9 de octubre del pasado año, hacia la puesta de sol, se presentaron en el ventorrillo cuatro individuos armados, encontrándose el dicente en esos momentos en casa de Pedro de la Cruz Ruiz, presentándose un rojo en dicha casa y obligando al dicente y a Pedro de la Cruz, a poner los brazos en alto y después de cachearlos, les obligaron a que fueran con él hasta el ventorrillo, osea al comercio propiedad de Alfonso Cabello Fernández. Que cuando llegaron al ventorro, allí había también dos rojos que tenían encañonados al dueño del ventorrillo Alfonso Cabello, al maestro panadero y Pedro de la Cruz, llegando posteriormente el peón caminero, haciéndoles a todos los citados formar grupo, mientras ellos procedían al saqueo de la casa. Que de la tienda propiedad de Alfonso Cabello, se llevaron las ropas, comestibles, pan, embotellado y dinero, sin poder precisar el diciente en qué cantidad, solamente vio se llevaron dos sacos repletos. Que después uno de ellos preguntó al maestro panadero si tenía en la panadería caballerías, y al contestar éste que una, le hicieron que le acompañara a dos de ellos, en unión de Juan Calero, regresando después los dos citados rojos y el Juan Calero, con una caballería cargada de una saca de harina, compartida en dos. Sucedido todo esto, se marcharon y al tiempo que se iban dijeron “que al día siguiente podían ir a dar parte, pero que aquella noche no salieran ninguno de su casa, por lo que les pudiera ocurrir”. A primera hora de la mañana del día siguiente, osea el día 10, Pedro de la Cruz, marchó a dar conocimiento a Adamuz y el Maestro Panadero a Montoro a ponerlo en conocimiento a la guardia civil.

El segundo en prestar declaración ante el Juez, fue el mulero Juan Calero Cánovas, de 48 años, casado, natural y vecino de Montoro, domiciliado en calle Panaderos nº 14, quien contesta a las preguntas que se le hace: Que antes de estallar la guerra no perteneció a ningún partido político y una vez iniciada ésta, tuvo que afiliarse al Sindicato de Artes e Industrias, por así exigirlo los momentos de aquellos días. Que el inicio de la guerra le sorprendió en “Casillas” del término municipal de Montoro, no viniendo al pueblo en los 5 meses que lo dominaron las hordas rojas, nada más que una sola vez a por comestibles. Que el día 9 de octubre del pasado año, sobre la puesta de sol, una hija del declarante llamada María, vino corriendo a decirle que había rojos en el ventorrillo, instándole para que se ocultara. Que entonces, el declarante inmediatamente se marcho hacia el ventorrillo propiedad de Alfonso Cabello, al objeto de ver a este y ayudarle en lo posible, cosa natural y lógica que el declarante se pusiera inmediatamente en contacto con los hombres que en el ventorrillo y casería había, para ver si entre todos, se tomaba alguna determinación. Que al llegar a dicho ventorrillo, los rojos se hallaban en él, teniendo encañonado a los que allí había, que eran el dueño, Pedro de la Cruz Ruiz, Juan del Rosal, un peón caminero, Pedro Vacas y varios más, obligando también al dicente a que formara grupo con los encañonados. Que empezaron a registrar el comercio y casa particular del dueño, llevándose ropas, pan y comestibles y cuando ya lo tuvieron en sacos metido, lo que antes se expresa, dos de ellos obligaron al Maestro Panadero y al dicente a ir a la Panadería, no sin antes preguntar si en ella había caballerías a repetido panadero y al decir éste que había una, fue cuando el panadero y el declarante, porque también lo obligaron los rojos, y dos de ellos, se trasladaron a tan repetida panadería, donde se llevaron una caballería y un saco de harina, compartido en dos. Que el declarante ayudó a los rojos a compartir la harina en los dos sacos, como así mismo a cargarla en la caballería, ayudando también el Maestro Panadero, haciendo constar que los sujetos no abandonaron ni un momento las pistolas de las manos. Que después de esta operación, dijeron los rojos al Maestro Panadero, que podía quedarse en su casa, y al dicente se lo llevaron otra vez al ventorrillo. Que después de sucedido todo esto, los rojos se marcharon llevándose cuanto robaron y la caballería, no sin antes advertir que al día siguiente podían dar parte, pero que al que saliera esa noche de su casa, le podría ocurrir algún percance serio.

Molino Nuevo próximo a Casillas de Velasco

A continuación declaró Pedro de la Cruz Ruiz, de 43 años, viudo, de profesión herrero, natural y vecino de Montoro, domiciliado en Plaza del Mercado nº 5, el que dijo: Que ni antes ni después de declararse la guerra, ha pertenecido a partido político alguno, si bien una vez estalló la misma, se afilio al Sindicato de Artes e Industrias afecto a la C.N.T., sin que tomara parte en ninguno de los actos que en Montoro cometieron las hordas rojas, sin que en ningún momento y durante los 5 meses que dominaron los rojos este pueblo, viniera al pueblo, lo que puede corroborar Alfonso Cabello Fernández. Que el 9 de octubre de 1940 y sobre la puesta de sol, se presentaron en dicha finca un grupo de rojos, compuesto por 4 hombres, de los cuales 3 entraron dentro de la casa y uno se quedó fuera. Que el dicente precisamente, se hallaba dentro de referida finca, cuando estos sujetos se presentaron, no dándose cuenta nada más que, en el crítico momento en que dos de ellos armados con pistola y otro con rifle en la mano y escopeta en la espalda, le intimaron a que pusieran las manos en alto el dicente, el dueño de la finca Alfonso Cabello y el maestro panadero que se hallaba ajustando una cuenta con el dueño. Que inmediatamente empezaron a efectuar el registro de la casa, llevándose todas las ropas, comestibles y dinero, sin que puede precisar la cantidad. Que después de cometido este saqueo, uno de ellos preguntó que quien era el maestro panadero y al contestarle el nombrado que era él, le dijo que cuantas caballerías había en la panadería, contestándole éste que una y entonces dos de los rojos, quedaron custodiando a todos los que allí había y otro salió fuera, volviendo al poco rato con una caballería. Que el que se marchó, se llevó al panadero y a un tal Juan Calero y que traían en la caballería un saco de harina, compartido en dos. Que el tan repetido panadero quedo en su panadería, regresando el rojo citado y el tal Juan Calero. Que una vez sucedido todo lo dicho, estos cuatro individuos se marcharon, no sin antes decir que de esto podían dar conocimiento a la guardia civil, pero al día siguiente y encargando a todos ellos, se marcharan a sus casas con la consigna de que no abrieran en toda la noche la puerta de las casas, por lo que les pudiera suceder. Que al día siguiente el declarante fue al Puesto de la Guardia Civil de Adamuz, a dar conocimiento de lo sucedido y el maestro panadero también al día siguiente, vino a dar conocimiento a Montoro. 

Tras estas tres declaraciones, el juez de instrucción Velasco Arenas, mediante providencia de fecha 27 de enero de 1941, acuerda proponer la libertad provisional de Juan Calero Cánovas, Juan del Rosal Cañas y Pedro de la Cruz Ruiz, además de interesar informe de conducta de ellos a las autoridades locales. 

El auditor de guerra en su informe estima que se puede acceder a la concesión de la libertad provisional de los encartados, por lo que con fecha 12 de febrero de 1941, el juez instructor acuerda remitir oficio al director de la prisión de Montoro, para que ponga en libertad a los tres detenidos, la que se verifica aquel mismo día. 

Seguidamente fueron aportados a la causa informes emitidos por la Jefatura Local de Falange Española, el Ayuntamiento y la Guardia Civil de Montoro, en cuyos informes se hacen constar que los tres acusados, carecen de antecedentes y han observado siempre buena conducta. 

El 20 de mayo de 1942, el comandante de puesto de la guardia civil de Montoro, Antonio Bellido Montilla, emite informe en el sentido de que, de las diligencias practicadas, no han dado hasta el momento resultado positivo, que permita identificar y detener a los individuos que llevaron a cabo el robo en el ventorrillo de “Casillas”, en el término municipal de Montoro. 

Ante el resultado infructuoso para la identificación y detención de los autores, el juez acuerda llamar a los éstos por requisitorias, la que es publicada en el Boletín Oficial de la Provincia, con el tenor literal siguiente:

Por providencia de 16 de julio de 1942, se declara la rebeldía de los autores del robo en “Casillas”, por lo que el instructor, al considerar que se han practicado las diligencias apropiadas al caso, eleva al capitán general de la segunda región militar la causa, a fin de que resuelva lo que proceda. Emitiendo informe el auditor de guerra, interesando que se aclarara la posible intervención en los hechos, de Juan Calero Cánovas, Juan del Rosal Cañas y Pedro de la Cruz Ruiz, para lo que interesaba se oyera en declaración a los testigos y de manera especial se practicaran diligencias encaminadas a averiguar la identidad y paradero de los delincuentes. Por cuyo motivo el capitán general don Miguel Ponte y Manso de Zúñiga, prescribe que se proceda a la practica de lo interesado por dicha auditoria.

Por ello, el juez instructor acuerda remitir exhorto al juzgado de Montoro, para oír en declaración a Alfonso Cabello Fernández e interesar informes sobre las gestiones que hayan practicado la guardia civil para identificar a los autores.

Juez don Miguel Cruz Cuenca.

El exhorto es recibido en el Juzgado de Instrucción de Montoro, del que era titular el Juez don Miguel Cruz Cuenca[2], quien recibe la ampliación de la declaración a Alfonso Cabello Fernández, el día 19 de junio de 1943 y en ella, el declarante dijo que vivía ahora en la calle Cedrón de Montoro, se ratificó en la declaración que había prestado ante la guardia civil al inicio del proceso e indicó: Que no conoció a ninguno de los individuos que asaltaron su domicilio, sin que hubiera tenido noticias de ellos después, salvo que se había enterado que la guardia civil de Adamuz, intervino un impermeable y una cántara de aceite propiedad suya, que reconoció en el cuartel de la guardia civil de dicha Villa. También añadió a preguntas realizadas que, si volviera a verlos, quizás a todos no los conocería, porque eran muchos, pero a alguno seguro que sí. Respecto a la posible intervención que pudieran haber tenido en el robo los vecinos de Montoro Juan Calero, Juan del Rosal y Pedro de la Cruz, dijo que solo el Calero ayudo a cargar un caballo, ignorando si eso lo hizo por su voluntad u obligado por los ladrones. Dijo igualmente que los hechos fueron presenciados por todos los vecinos que viven en Casillas de Velasco.

El 27 de junio de 1943 el comandante de puesto de la guardia civil de Montoro Manuel Márquez de las Heras, contesta al Juzgado que de las diligencias practicadas y según manifestación del denunciante Sr. Cabello, fueron los “Hermanos Jubiles” y su partida los que cometieron el robo en su ventorrillo.

El juez instructor acordó entonces oír en declaración al vecino de Montoro llamado Pedro Vacas, casero en la finca de la Viuda de Cañas y al mulero que le acompañaba, por haber ambos presenciado el robo, remitiendo nuevo exhorto al Juzgado de Instrucción de dicha localidad. 

El 25 de julio de 1943, por medio de diligencia el agente judicial del Juzgado de Instrucción de Montoro, Damián Cánovas Molina, hizo constar que no había podido localizar a Pedro Vacas, porque según le había manifestado su esposa llamada Francisca Rodríguez Borreguero, su marido había fallecido aproximadamente hacía dos años en Córdoba. Igualmente, dicho agente judicial y por medio de otra diligencia, hizo constar la imposibilidad de poder localizar al mulero de la finca de la Viuda de Cañas, cuya declaración también se interesaba.

Ventorrillo y casas en el lugar conocido como "Casillas" término de Montoro.

La guardia civil de Montoro, averiguo el 19 de octubre de 1943, que efectivamente Pedro Vacas había vivido en la calle Los Laras de Montoro y había fallecido en Córdoba el 3 de agosto de 1941, siendo éste el mismo que fue a tomar un vaso de vino al ventorrillo de “Casillas”, en unión del mulero que le acompañaba, llamado Ildefonso Luna Pérez, domiciliado en la calle Mota de Montoro, cuando estando allí se produjo el asalto a dicho ventorro.


Ildefonso Luna Pérez, es citado de comparecencia ante el Juez de Instrucción Militar de Córdoba y comparece ante el mismo, a prestar declaración el día 10 de noviembre de 1943, manifestando ser de estado soltero, profesión del campo, natural y vecino de Montoro, domiciliado en calle Mota nº 1, diciendo en relación a los hechos: Que la noche que dieron el atraco al ventorrillo de “Casillas”, ubicado en el kilómetro 13 de la carretera de Montoro a Adamuz, en ocasión de ir el declarante de haber estado en la feria de Montoro y se dirigía al “Molino Nuevo”, donde estaba de casero Pedro Vacas (hoy difunto), para trabajar en la citada finca, cuando llegó a ella, se fueron el citado Pedro y el declarante al mencionado ventorrillo, con el fin de tomarse unos vasos de vino, llegando a este sobre la puesta del sol. Que, a unos cien metros, aproximadamente, antes de llegar, les echó el alto un individuo vestido de uniforme del ejército, diciéndoles “manos arriba”, a lo que obedecieron, e inmediatamente los condujo al mencionado ventorrillo, donde se encontraron otros varios más en número de unos veinticinco y entre ellos, pudo ver a tres armados, uno con rifle y pistola y una escopeta y los otros, armados de fusiles, pistolas y bombas de mano. Pudo observar también, que en el sótano de la casa había otros, dedicados al saqueo, a los que acompañaba la dueña del ventorrillo. Preguntado si conocía alguno de los que se encontraban allí detenidos por los asaltantes, dijo que solamente conoció a Juan Calero Cánovas, Juan del Rosal Cañas y Pedro de la Cruz Ruiz, por ser el primero mulero del Cortijo de Casillas y los otros dos, que trabajan de herreros en la misma finca. Preguntado para que diga la intervención, que éstos tuvieron en los hechos que ocurrieron durante el atraco, dijo que después de hacer los rojos el saqueo del sótano, en las estanterías del establecimiento y en una barbería que tenía en el mismo establecimiento, uno de los rojos preguntó a los que allí había “que cual de ellos sabía andar con bestias” y como permanecieran todos callados, el citado rojo dijo “que parecía mentira que ninguno de los que allí había contestara a la pregunta que les hizo”, dirigiéndose inmediatamente a tres de los que allí estaban, eligiendo entre ellos a Juan Calero Cánovas, no conociendo a los otros dos, saliéndose a la calle inmediatamente, no pudiendo dar más detalles de lo que éstos hicieran, por permanecer encerrado en el establecimiento hasta que volvieron nuevamente y quedaron los tres que salieron, encerrados con los demás. Acto seguido cuatro de los asaltantes que allí había, empezaron a beber vino diciendo uno de ellos “que se pusieran en pie los que pertenecieran del ventorrillo para abajo”, entre los que el declarante formaba parte, ordenándoles que salieran a la calle, lo que hicieron inmediatamente, dando una voz el que los conducía, a otros que estaban en las proximidades, diciéndoles “dejarlos pasar que estos ya van a dormir”, emprendiendo la marcha en aquel momento hasta llegar a la finca del “Molino Nuevo”, donde permaneció trabajando sin que se enterara de más cosas relacionadas con el atraco del ventorrillo. Que no conoció a ninguno de los atracadores.

Viviendas en el Molino Nuevo.
A la vista de estas últimas actuaciones, fue remitido el sumario para informe del auditor de la segunda región militar, quien con fecha 23 de diciembre de 1943, propuso el sobreseimiento provisional de la causa, al no haberse podido averiguar la identidad de los autores del robo en el ventorrillo de “Casillas” y respecto a los imputados Juan Calero, Juan del Rosal y Pedro de la Cruz, también solicitaba el sobreseimiento provisional y archivo de la causa, al no resultar acreditado que estos voluntariamente ayudaran a los autores del robo, mientras se produjo el mismo.

Capitan General de Sevilla don Miguel Ponte

El capitán general de la segunda región militar con sede en Sevilla, Miguel Ponte y Manso de Zúñiga, decretó con fecha 5 de enero de 1944, el sobreseimiento provisional y archivo de la causa, siéndole notificado el mismo a los imputados Calero, del Rosal y de la Cruz, el día 22 de dicho mes y año, tras lo cual quedo el sumario archivado hasta nuestros días[3].

Casi tres meses después a estos hechos, se volvió a producir un nuevo robo en “Casillas de Velasco” del término municipal de Montoro, del que ya trataremos en otro capítulo.

 


[1] Se trata de una marca de cerveza cordobesa que se producía desde 1920 en una fábrica propiedad del aristócrata cordobés Carlos Quero Goldini, ubicada en la calle Fray Luis de Granada, que ofreció las variedades Munich y Pilsen. En 1940 fue comprada por El Águila y a los pocos años después, dejó de producir cerveza con ese nombre.

[2] Miguel Cruz Cuenca, era natural de Luque (Córdoba) donde nació en 1912, aprobó las oposiciones de judicatura en el año 1935 y tras estar en otro destino anterior donde le sorprendió la guerra civil y una vez finalizada ésta, fue destinado como Juez de Primera Instancia e Instrucción a Montoro, donde permaneció durante los primeros años de posguerra. Tras una larga trayectoria como jurista por diferentes destinos judiciales, llegó a ostentar la presidencia de la Sala Sexta del Tribunal Supremo. En la mañana del 9 de enero de 1979, cuando se dirigía a su trabajo y se encontraba en la puerta de su domicilio, en la calle Felipe II nº 12 de Madrid, integrantes de la banda terrorista GRAPO, lo asesinaron mediante dos disparos, uno en el estómago y otro en la cabeza.

[3] Lo anteriormente relatado ha sido obtenido del Sumario instruido por el Juzgado de Instrucción Militar nº 12  de Córdoba, estando copiadas fielmente muchas de las manifestaciones que se recogen.


martes, 19 de mayo de 2026

CAPITULO VIII: ROBO EN LA FINCA “CHURRETALES ALTOS” Y “ALCALÁ”, OCURRIDO EL 24 DE ENERO DE 1941

Finca "Churretales Altos"

Al atardecer del 24 de enero de 1941, cuatro individuos armados se personaron en el Cortijo “Churretales Altos” y en el “Molino Alcalá”, situados al oeste del término municipal de Montoro, en las proximidades de la linde con el de Adamuz y de un enclave genuino, como es el “Cerro El Ermitaño”, con el fin de aprovisionarse por la fuerza, entre otras cosas, del rico aceite que se produce por aquella zona.

Esto provocó, que a las nueve horas del veinticinco de enero de ese año y ante Rafael Cuadra Flores, cabo de la guardia civil de la quinta compañía de la Comandancia de Córdoba, destinado en el Puesto de Espejo (Córdoba) y en ese momento, concentrado como Jefe del Destacamento ubicado en la finca “Navalpedroches”, del término municipal de Adamuz, relativamente cerca al lugar donde se produjeron los hechos, comparecieran, la casera de la finca “Alcalá” llamada Catalina Huertas Martínez, de 33 años, casada, natural y vecina de Villanueva de Córdoba, domiciliada en calle Castillejo nº 16; el talador o “cortaor” de la misma finca llamado Alfonso Jurado Manosalvas, de 34 años de edad, casado, natural y vecino de Adamuz, domiciliado en calle Chinchilla nº 10; el encargado de la finca “Churretales Altos” Juan Jurado Benavides[1], de 54 años, casado, natural y vecino de Montoro, con domicilio en calle Calvo Sotelo nº 5[2]; y por último, el maestro de molino de dicha finca, llamado Miguel Carpintero Cachinero, de 47 años, casado, natural y vecino de Montoro, domiciliado en calle Marchantes nº 23. Todos ellos denunciaron, los dos primeros, que serían sobre las dieciocho horas del día anterior, cuando se presentaron en el caserío de “Alcalá”, cuatro individuos armados de fusiles y pistolas y preguntándole a la casera, que qué personal había en la casa, la que le contestó que estaba sola con tres hijos pequeños, preguntándole seguidamente si se molía en el molino de aceite de la finca, a lo que contestó que se encontraba parado este año, disponiéndose a marcharse los individuos en el momento en que llegaba a la casa el talador, preguntándole a éste lo mismo que a la casera, obligándole a que se metiera en el interior de la casa y que no saliera, hasta el día siguiente, viendo ambos como los cuatro individuos armados, se dirigían a la finca colindante llamada “Churretales Altos”. Acto seguido el encargado de “Churretales Altos” y el maestro de molino, manifestaron que sería aproximadamente la hora indicada, cuando se presentaron en dicha finca, donde existe un molino aceitero y preguntaron por el encargado y una vez se identificó le dijeron que cuantas caballerías y aparejos para las mismas habían en la finca, contestándole que había cinco caballerías y dos aparejos, pidiéndole uno de estos, se lo dio, el cual estaba bastante usado y manchado de grasa, como de haber sido utilizado para acarrear aceituna; preguntándole acto seguido por el maestro molino, el declarante le llamó y presentándose el mismo a los dos individuos que estaban dentro de la casa, por haber quedado otros dos en el exterior a la vigilancia de la misma, diciéndole los dos que estaban en el interior, que tenían que darle dos arrobas de aceite, preguntándole el encargado que sí traían envase, toda vez que allí no lo había y cogiendo los individuos, dos cantaros de agua, los desocuparon y llenaron de aceite, cargando los cantaros en una caballería mular de pelo negro que dichos individuos llevaban, metiéndolos en un cerón viejo que de la finca se llevaron y pidiendo un saco al encargado, que llenaron de cebada, calculando que la cantidad que pudieran haberse llevado de ese cereal en una fanega aproximadamente, marchándose acto seguido y advirtiendo al personal que allí había, que no salieran y si salía alguno de ellos, serian muertos, ignorando la dirección que pudieran haber tomado. Cuyos individuos eran de las señas siguientes: Uno de ellos, bajo, gordo, pelo rubio rizado, vistiendo pantalón de pana oscuro, cazadora de cuero y zahones de becerro engrasados, calzando botas y polainas de campo, sin prenda de cabeza; otro alto, delgado, vistiendo pantalón de pana y abrigo de cuero, calzado con botas y polainas de campo, cubierto con boina negra; otro bajo, metido en carnes, color moreno, vistiendo pantalón de pana negro, pelliza a cuadros grandes con rayas claras y cuello con piel de zorro, calzado con botas y polainas como los anteriores, descubierto con pelo negro, largo y peinado hacia atrás y el otro, alto, moreno, delgado, con cara alargada, vistiendo pantalón de pana negro, cazadora color kaki, calzado como los anteriores, descubierto, todos ellos de unos treinta y cinco a treinta y ocho años.

Extracto del atestado que dio comienzo a las diligencias judiciales.

Tras la interposición de la denuncia, el instructor del atestado acompañado de los guardias José Perejón Gallego y Rafael Romero Naharro y del sargento de la policía militar Antonio Gallardo Ortíz, se trasladaron hasta el lugar de los hechos, recibiendo declaración al mulero de la finca “Churretales Altos”, Juan José Fernández Romero, de 45 años, casado, natural y vecino de Villanueva de Córdoba, domiciliado en calle Palma nº 16, el que dijo que serían las dieciocho horas del día de ayer, cuando se presentaron en el caserío cuatro individuos armados de pistolas y fusiles, y después de entrevistarse con el encargado, preguntaron por el mulero y llamado este, le dijeron que sacara el mejor aparejo que tuvieran y se lo pusiera a una caballería mular de pelo negro, que estos traían y ordenándole que la aparejara, a lo que este obedeció, y una vez preparada, le pusieron un cerón y cargaron dos cantaros de aceite y un saco con cebada, marchándose seguidamente y advirtiendo antes de marchar, que no saliera nadie de la casa, hasta que no fuera de día.

Igualmente se le recibió declaración al operario de la finca, Pedro José Gutiérrez Romero, de 22 años, soltero, natural y vecino de Villanueva de Córdoba, domiciliado en calle San Martín nº 5, el que manifestó, que serían sobre las dieciocho horas del día anterior, cuando se presentaron en el caserío, cuatro individuos armados de fusiles y pistolas, preguntado que sí en la casa había fuerza de la guardia civil, a lo que le contestaron que no y preguntando por el encargado le dijeron a este que, qué caballerías habían y donde estaba el mulero y el maestro de molino. Llamados ambos, preguntaron al mulero que cuantos aparejos había en la casa y que el mejor que hubiera se lo colocara a la caballería que ellos traían, así como al maestro molino, le ordenaron que llenara dos cantaros de aceite y, pidiéndole al encargado un saco de cebada, lo cargaron todo en la caballería que ellos traían y se marcharon seguidamente, advirtiéndoles antes, que no saliera nadie de la casa hasta que fuera de día, por la cuenta que les tenía.

Mientras tanto, el resto de agentes de la guardia civil recorrieron todas las inmediaciones del lugar donde ocurrió el robo, así como los caseríos inmediatos, caminos y barrancos de la demarcación policial, no pudiendo hallar noticia alguna, ni huellas, acerca de la dirección que pudieran haber tomado los autores del robo, continuándose dichas diligencias, incluso tras la finalización del atestado, las que de resultar favorables, se daría cuenta al juzgado por medio de la ampliación del mismo.

Mapa de situación de "Churretales Altos"

El 23 de febrero de 1941, el destacamento de la guardia civil, ubicado en la finca “Navalpedroche” de término de Adamuz, informa al Juez de Instrucción Militar nº 12 de Córdoba, encargado de la investigación de los hechos que nos ocupan, que por el momento, no habían dado resultado positivo las gestiones que venían practicando, tendentes a averiguar las circunstancias de los hechos y la identidad de sus autores.

Por el juez instructor se acuerda enviar exhorto al Juzgado de Villanueva de Córdoba, para ampliar declaración de Catalina Huertas Martínez, Juan José Fernández Romero y Pedro José Gutiérrez Romero, quienes ratifican la declaración prestada ante la guardia civil y a preguntas dicen que no conocieron, ni después han tenido conocimiento alguno, sobre la identidad de los sujetos, que armados de fusiles y pistolas, asaltaron la finca “Churretales Altos”.

En el boletín oficial de la provincia de Córdoba número 137 de fecha 10 de junio de 1942, se publicó requisitoria por medio de la cual, se emplazaban a los autores del robo de autos, para que en el plazo de quince días comparecieran en el juzgado, bajo el apercibimiento que de no hacerlo serían declarados en rebeldía.

El 5 de septiembre de 1942, el juez instructor al haber practicado las diligencias necesarias para averiguar los hechos y la identidad de los autores, sin que éstas dieran resultado positivo, propuso al capitán general de Sevilla, el sobreseimiento provisional de la causa y su archivo, hasta mientras fueran hallados los cuatro responsables del delito.

El auditor de guerra mediante escrito de 16 de octubre de 1942, informó que con arreglo al artículo 538 del Código de Justicia Militar, vigente en aquella fecha, y al estar identificados los culpables de los hechos, procedía decretar el sobreseimiento provisional y el archivo de la causa. Siendo decretado dicho sobreseimiento provisional por el capitán general Miguel Ponte y Manso de Zúñiga con fecha 23 de octubre de 1942.

Miguel Ponte, Capitan Gral de Sevilla en aquella época.

Constando fechada la última diligencia el 25 de enero de 1943, por la que se dejaba constancia, del cumplimiento del archivo provisional que había sido decretado en su día[3].



[1] Hermano de Pedro Jurado Benavides a) El Puenquero, destacado miembro del Frente Popular al inicio de la Guerra Civil en Montoro.

[2] Hoy Calle El Santo de Montoro.

[3] Lo anteriormente relatado consta en el sumario instruido en aquellas fechas por el Juzgado de Instrucción Militar nº 12 de Córdoba, siendo copiadas literalmente algunas de las manifestaciones en él recogidas.

sábado, 16 de mayo de 2026

JOSELITO SE EMPEÑÓ EN MORIR EN TALAVERA.

 


JOSELITO SE EMPEÑÓ EN MORIR EN TALAVERA



Autor: Gregorio Corrochano
Publicado en ABC el 17 de mayo de 1920.

 

El toro le cogió de lleno, le enganchó por el muslo derecho, y en el aire le dio una cornada seca y certera en el bajo vientre. Cayó José mortalmente herido, se contrajo, y el toro le derrotó en el suelo, pero no le recogió.

 

Todo lo que ocurre me parece una pesadilla. Lo he visto y no lo creo. Me cuesta un esfuerzo terrible escribir: a Joselito le ha matado un toro. Pero así es, así ha ocurrido: a Joselito le ha matado un toro en Talavera de la Reina. Estoy bajo la terrible impresión de la tragedia. No quisiera ser el cronista a quien la fatalidad le reservó esta narración. Estoy entristecido y sin embargo tengo que escribir. Escribiré; sería mi sino, como el del pobre Joselito sería el de venir a morir aquí. Lo que más me preocupa, lo que me obsesiona es lo que hay de fatalidad en todo esto. Joselito, desde que supo que se organizaba una corrida en Talavera, no pensó más que en torearla. La empresa no quiso traerle, porque esta plaza, de poca cabida, no admite presupuestos caros. Un íntimo amigo suyo tomó el negocio a base de Joselito, y quedó Joselito contratado en Talavera. Entonces surgieron más dificultades. La empresa de Madrid le reclamaba para este día; llegó hasta intervenir la Dirección de Seguridad, y anunció que no dejaría salir de Madrid a Joselito. Este se obstinó en venir; ofreció nuevas fechas, buscó combinaciones, dio toda clase de facilidades para el nuevo abono, a cambio del favor de que le dejaran venir a Talavera. Y vino, y murió casi en el ruedo, pues entró en la enfermería con un colapso, del que no volvió.

Le mató el toro quinto; se llamaba Bailador, era negro, tenía cinco años, era muy chico, muy corto de pitones y sólo pesaba 260 kilos; pertenecía a la ganadería de la viuda de Ortega, una cruza de Veragua y Santa Coloma.

La corrida se deslizaba alegra y animosa. Había un lleno imponente. Se le recibió a Gallito como reciben estos pueblos, con entusiasmo y gratitud; como se recibe al artista que les hace el favor de ofrendarles su arte; dándose perfecta cuenta de su papel de favorecidos. Gallito brindo animoso, y aún recuerdo el brindis, que fue una evocación: “Brindo por el presidente, por su distinguido acompañamiento y por el pueblo de Talavera, adonde tenía muchas ganas de torear, porque esta plaza la inauguró mi padre, por, cuya memoria brindo también”.

Un toro burriciego

Salió el quinto toro, tan certero como suelen ser todos los toros cornicortos, y sin recargar, sin llegar apenas a los caballos, pues fue el menos bravo, mató tantos como varas tomó. Joselito me indicó con el gesto que el toro no le gustaba; yo le contesté que a mí tampoco me agradaba. Uno de tantos comentarios mudos como Joselito y yo hacíamos en las corridas. Más tarde le indiqué que el toro era burriciego; él me dijo que había perdido la vista el toro en los caballos. Y salió a matar. El toro se defendía y estaba bronco. José medio lo dominó con la muleta, y el toro se fue a tablas, cerca de mi barrera del 1. Oí perfectamente que le dijo al Cuco dos veces: “Quítate, Enrique, que está el toro contigo, y por eso no toma la muleta”. El Cuco se cambió de lugar, Joselito lo sacaba con pases de tirón, muy trabajosamente, pues el toro apenas le embestía.

José, que estaba muy cerca, dándole con la muleta en la cara, se retiró, y entonces el toro, acaso porque le viera mejor por el defecto de la vista ya apuntado, se le arrancó fuerte y pronto, inesperadamente, en un momento en que el torero no hacía nada, sino que se disponía a hacer. A José, a quien indudablemente sorprendió el toro, no le dio tiempo de nada, ni de darle salida ni quitarse de allí, a pesar de sus facultades. No hizo más que adelantarle la muleta para taparle y parar el golpe. El toro le cogió de lleno, le engancho por el muslo derecho, y en el aire le dio una cornada seca y certera en el bajo vientre, como las que había dado a los caballos. Cayó José mortalmente herido, se contrajo, y el toro le derrotó en el suelo, pero no le recogió.

Cuando le incorporaron me miró con cara de angustia, y me señaló con la mano la ingle al mismo tiempo que se recogí los intestinos, que le asomaban. Al Cuco, que le llevaba a la enfermería, le dijo: “A Mascarell, que avisen a Mascarell”. Y ya no habló más; le dio el colapso. Sus íntimos amigos Leandro Villar y Darío López salieron, sin perder un minuto, para Madrid en busca de los doctores Mascarell y Goyanes. Todo inútil. Apenas recorrerían unos minutos, ya su pobre amigo no tenía necesidad de la ciencia que iban a buscar. A Sánchez Megías le ocultaron la gravedad, y lidio el sexto toro, vengativo, descompuesto, haciendo tantas y tan temerarias cosas, que ya temíamos por el segundo percance.

Mientras tanto, en la enfermería los médicos Sanguino, Ortega, Muñoz, Luque, Pajares, y no sé si alguno más, cuidaban de reaccionarle con suero, cafeína, alcanfor…; nada, todo inútil porque el pobre torero no reaccionaba. Sólo hubo un momento de esperanza, en que movió los brazos, para caer nuevamente en el sopor, y cuando su cuñado, Sánchez Megías, muerto el último toro, entraba corriendo en la enfermería, ya alarmado por el rumor de la plaza y el ir y venir de la gente por el callejón, expiraba Joselito.

Yo lo he visto muerto, le he visto y no lo creo. He visto cómo le quitaban del cuello un retrato de su madre y una medalla de la Virgen de la Esperanza, deformada por un toro en San Sebastián. Me parecía dormido. No puedo creer que muriera quien unos minutos antes era la alegría de esta plaza. Me parece mentira que haya muerto quien llegó hace unas horas conmigo, y al montar en la estación en un coche, como esos que van en Madrid con bodas a la Bombilla, empezó a cantar alegremente, y fue hasta el hotel gritando como un chico: “Viva la novia”.

Me parece mentira, pero es la realidad, la trágica realidad; a Joselito le ha matado un toro, y yo tengo que contarlo, que es otra dolorosa realidad. Porque lo terrible no es que a un torero lo mate un toro, sino la manera, la forma, las circunstancias de este caso concreto. Con Joselito no ha muerto solamente un torero, sino la figura representativa del toreo, y quién sabe si la fiesta misma.

Sánchez Megías, mató al toro y quedó la lidia interrumpida. La impresión en el público fue terrible; ya nadie vio el otro toro, que si se lidio fue porque Sánchez Megías, que ignoraba entonces, como todos, la gravedad del percance, le dijo al presidente: “Venga el otro toro, para acabar cuanto antes”. Cuando al terminar la corrida el público se dio cuenta de lo que ocurría permaneció largo rato en la plaza sin saber qué partido tomar, hasta que, advertido por los empleados y la Guardia civil, salió silencioso de la plaza. Las mujeres lloraban; los hombres no ocultaban su emoción. La mayor parte de las señoras que paseaban por el Prado, al enterarse por los espectadores que salían de la plaza, suspendieron el paseo. El alcalde, Sr. Rivera, dispuso que cesaran todos aquellos festejos que organizó el Ayuntamiento, como los conciertos populares. El gobernador de Toledo tomó el acuerdo acertadísimo de que el telégrafo funcionara toda la noche, sin la limitación ordinaria, para que se pudiera estar en comunicación con la familia del diestro.


Noche en la enfermería

                Sánchez Megías se fue a la enfermería en cuanto terminó la corrida, y al ver que Joselito se moría en aquel momento sufrió una impresión terrible. A pesar, de la fortaleza de ánimo de Ignacio, tuvimos que auxiliarle, un auxilio que nos cambiábamos mutuamente, un auxilio, fingido para fortalecernos, pues todos necesitábamos de él. Y llegó la noche, una noche tristísima, angustiosa, que pasamos en la enfermería mirando a Joselito, alumbrados por unas velas que proyectaban sombras siniestras, que se movían.

                Las cuadrillas, aquellos hombres fuertes y hercúleos hechos a la brega con los toros y a las emociones trágicas, lloraban como niños. Sánchez Megías no tenía consuelo, y repetía incesantemente: “¡Qué fatalidad, qué fatalidad!”. El silencio, cuando no lo rompía una queja, lo cortaba un comentario o una anécdota del gran torero. Como lloviera durante el viaje, le animo al empresario, diciéndole: “No te apures, Leandro, que para que se suspenda tiene que caer el diluvio. Desde que me he enterado de que mi padre inauguró esa plaza, soy capaz de pagar lo que me pidan por torear en ella”. Entonces nos relató una corrida en Quintanar, en la que mató un toro que no se había picado con el agua hasta media pierna, citando con el capote al brazo en vez de la muleta. Y entre los recuerdos y las quejas y el llanto, y las lamentaciones, se nos hizo medianoche.

                A las dos de la madrugada llegó Rafael “el Gallo” en el automóvil de Isidoro F. de Mora. Este señor se hallaba ayer en el Casino de Madrid y se enteró de que Rafael pedía un automóvil para ir a ver a su hermano, que había sido herido en Talavera. Se ofreció el Sr. Mora, y fueron los dos en busca de un médico. El médico ya sabía el final desgraciado, y excusó su asistencia.

                Rafael partió muy alarmado, pues la negativa del médico, cuya causa le ocultaron, le hizo sospechar. Momentos antes de llegar, el Sr. Mora se lo dijo. Rafael entonces se negó a entrar en la enfermería, muy excitado por una especie de terror supersticioso del terror a los muertos. Rafael regresó a Madrid al amanecer. Dijo que por ahora no volvía a torear.

                Desde las dos empezaron redactores y fotógrafos de todos o casi todos los periódicos. Yo les referí punto por punto del percance como relatado queda. La corrida salió difícil, la corrida salió bronca, la corrida tuvo mucho poder, a pesar de ser chicos los toros. Eso fue todo. Una desgracia, nada más que una desgracia.

 

Portada de ABC dedicada a Bailador, el toro que mató a Joselito.

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Anteriormente se ha copiado al pie de la letra y guardando la mayor similitud con lo publicado en el periodico ABC de 17 de mayo de 1920, acerca de la descripción exacta realizada por el periodista don Gregorio Corrochano, donde nos hace llegar con todo detalle, cómo se produjo la cogida y muerte del torero sevillano José Gómez Ortega "Joselito".

martes, 12 de mayo de 2026

CAPITULO VII: ROBO EN EL CORTIJO “EL CORDOBÉS” OCURRIDO EL 15 DE ENERO DE 1941.

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Cortijo "El Cordobés" próximo a la Fuensanta.

Ante Florentino Mostaza Gómez, alférez de la segunda compañía de la Comandancia de la Guardia Civil de Córdoba y Jefe de la Línea establecida en El Carpio, concentrado en la establecida en Montoro, compareció en la casa-cuartel sobre las once horas del día 16 de enero de 1941, Miguel López Jiménez, de 59 años de edad, manifestando que por orden del dueño de la finca “El Cordobés”, daba cuenta de que la noche anterior habían estado en dicho Cortijo, llevándose muchas cosas que él no podía referir, una porción de rojos que se marcharon después de mucho rato amenazando a los moradores del cortijo, con que matarían a todo el que se asomara a la puerta, hasta que fuera de día.

Inmediatamente el oficial instructor del atestado dispuso que un grupo de agentes de la guardia civil, saliera por la parte alta de la finca y recorriera todos los caseríos y sitios sospechosos, existentes en el sitio “Loma del Rayo”, y otro grupo, efectuara lo propio por la margen derecha del río Guadalquivir, donde está enclavada la finca objeto del robo. En cuyo lugar, hicieron acto de presencia el oficial Mostaza, en unión del Capitán Jefe del Sector de la Sierra y guardia segundo del puesto de Montoro, Antonio Evans Cállava, después de pasar por el cortijo “Las Prensas” y ordenar la salida inmediata de un grupo de agentes del destacamento allí ubicado, encargado de recorrer e inspeccionar las márgenes del arroyo de Corcomé, limítrofe con la finca asaltada.

Una vez llegaron a la finca “El Cordobés”, sobre las trece horas aproximadamente, fue interrogado el dueño de la finca llamado Bartolomé Márquez Moya, mayor de edad, propietario, natural y vecino de El Carpio, domiciliado en la calle Alferez Arjona nº 10 y accidentalmente en el cortijo de su propiedad objeto de los hechos, sito en el Pago de la Nava del término municipal de Montoro, manifestando: Que sobre las diez y ocho horas del día anterior o antes tal vez, se personaron en el cortijo un grupo de más de veinte hombres armados de fusil y pistola, excepto uno que llevaba escopeta y dos más que solo llevaban pistola, los cuales con el cortijo convenientemente cercado y amenazando a él y sus familiares, empezaron a saquear la casa, llevándose todos los efectos que figuran en la relación que se une seguidamente y después de amenazarlos nuevamente, si alguno salía a la calle antes de ser de día al siguiente, marcharonse sobre las veintitrés horas con dirección al arroyo de Corcomé y sin que a pesar de las gestiones practicadas al efecto, se haya podido adquirir noticia o rastro alguno de los fugitivos, que según el declarante, deben ser de esta comarca a juzgar por el modo de hablar y vestir, no conociendo a ninguno y aportando únicamente las señas de que uno, es muy algo, otro con los ojos tiernos y otro tuerto del ojo izquierdo, si mal no recuerda.

Como consecuencia del robo que nos ocupa, fueron sustraídos por los asaltantes, los efectos siguientes: Dos mulos y una yegua que aparecieron en la mañana siguiente, tres mil pesetas en distintas clases de billetes de banco, 30 kilos de chorizo y 25 de morcilla, dos cantaras con aceite, un saco de cien kilos de ajos, unos zapatos finos nuevos, unas botas en buen uso, una manta, unas sandalias nuevas, una toalla nueva, dos sábanas, unos pantalones de pana nuevos, un chaleco de pana también nuevo, una blusa nueva, un abrigo de astracán nuevo negro, cinco pares de pantalones dos de ellos de pana y los tres restantes de trabajo, cuatro camisas, cuatro camisetas, tres blusas, una pelliza nueva, dos americanas nuevas, seis pares de calcetines, unos zapatos bajos, seis pañuelos de seda de señora, dos vestidos negros, un saquito de lana, una camisa de señora en pieza, dos visos negros, cuatro toallas, cuatro fundas de almohada, siete sabanas, dos paños, cuatro mantas, seis mudas de niño, tres abrigos, cinco sombreros, unos zapatos, siete pares calcetines de niño, cuatro pares de media de señora, dos tapetes, una colcha, una canastilla completa, un bolso de mano, un neceser con los peines, dos trajes nuevos, gris y marrón, un pantalón y un chaleco de pana lisos, otro juego de lana de cordoncillo, cuatro camisas en confección, cuatro finas con puños, tres camisas de trabajo, dos pares de calzoncillos cortados sin coser, un reloj de bolsillo cronometro Roscoff, un impermeable de goma, cuatro pares de pantalones de trabajo, tres pares de calcetines, seis pañuelos, una bilbaína, unos zapatos de color, dos vestidos de señora nuevos, una casaca de pana, dos pares de guantes de cabritilla, cuatro mudas de ropa blanca, dos pañuelos de seda negro y amarillo, cuatro sabanas, seis fundas de almohada, una blusa de cuadritos de mujer, una falda de crespón negra, siete pares de medias, un paño de dos caras una blanca y otra marrón, un manto a cuadros, otro paño más inferior, un pañuelo de seda de ramos, dos pares de manteles, un vestido de pana con ramitos, un alfiler de oro de corbata, dos cajas de inyecciones, la jeringa para las inyecciones, una caja de peines, un jamón añejo y un saco con unos sesenta kilos de garbanzos, un costal con harina, tres aparejos nuevos y dos serones, todo propiedad de los hermanos Juan, José y Bartolomé Márquez Moya.

Este atestado fue turnado al Juzgado de Instrucción Militar nº 12 de Córdoba del que era titular Luis Velasco Arenas, el cual de inmediato interesó información a la guardia civil de Montoro, sobre las gestiones realizadas, tendentes a averiguar como se produjeron los hechos y la identidad de los presuntos autores de los mismos.

La guardia civil de Montoro, contesta el 16 de mayo de 1941, en el sentido de que las diligencias practicadas por fuerzas de la guardia civil de dicha localidad, hasta la fecha han resultado infructuosas, continuándose las mismas, que de dar resultado positivo darían cuenta inmediata a la autoridad judicial.

Requisitoria publicada en el B.O.P.

El 2 de junio de 1942, se acuerda publicar edicto en el Boletín Oficial de la Provincia y una vez verificada dicha publicación, con fecha 6 de julio de 1942 por medio de la correspondiente diligencia se declara la rebeldía de los presuntos autores del robo que nos ocupa, al no haber comparecido los mismos en el plazo dado.

El 15 de septiembre de 1942, el Juez Velasco propone al Capitán General de la Región Militar el sobreseimiento provisional y archivo de la causa, cuya propuesta tras el preceptivo informe del auditor de guerra, es aceptada por don Miguel Ponte y Manso de Zúñiga, capitán general de Sevilla, quedando la causa archivada provisionalmente hasta nuestros días(1).

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(1) Lo relatado anteriormente, está obtenido de lo que consta en el sumario instruido por el Juzgado de Instrucción Militar nº 12 de Córdoba, correspondiéndose algunos párrafos literalmente con lo que obra en el mismo.